El primero en equiparar los tres actos de una obra a las edades del hombre es Francisco Bances Candamo. «La comedia (escribe en su Teatro de los teatros) es un cuerpo que consta de tres partes, que son principio, medio y fin; o, por mejor decir, infancia, juventud y vejez; porque en la primera jornada se nace la acción, en la segunda crece y en la tercera muere». Me acuerdo del símil ahora, recién cumplido el medio siglo, y pienso que este cuerpo, el mío, está ya en pleno segundo acto y que no puede escapar a los mecanismos que toda obra teatral establece.
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A lo caballero
Estos versos: «Menos solicitó veloz saeta / destinada señal, que mordió aguda; / agonal carro por la arena muda / no coronó con más silencio meta, / que presurosa corre, que secreta, / a su fin nuestra edad». ¿Quién sería capaz hoy de escribirlos? ¿Quién de construir una secuencia gramatical como esa? ¿Quién podría entenderlos? Sí, se trata de Góngora el hermético, el oscuro, el vate «nocturnal» que fue olvidado tras el pomposo rompimiento de gloria dieciochesco. El poeta que, pese a las vindicaciones un tanto fingidas de la generación del 27, nunca consiguió salir de la caja entomológica de la academia. Pero también es el escritor que más discípulos crea durante el Barroco, el más imitado en vida (incluso para ser denostado), el que más influye en el estilo literario de amigos y de enemigos.
Seguir leyendoEl arte de hablar de uno mismo
Hablar de uno mismo es un arte. No todos pueden hacerlo, y muy pocos pueden hacerlo bien. A la capacidad de introspección que se requiere hay que añadir cierta proclividad de carácter hacia la vanidad, que, por supuesto, ha de ser siempre discreta. Un recurso utilizado a lo largo de la historia ha sido el de la confesión. San Agustín escribe las suyas, además de para la consabida alabanza de Dios, para la búsqueda de esa verdad que también anida en el interior de los lectores. En el décimo libro de su obra leemos: «Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los muchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas, y olvidaron mirarse a sí mismos».
Seguir leyendo22 de febrero
En mi historia, Manuel Machado y su esposa viajan a Colliure el 6 de marzo de 1939, donde Antonio Machado ha muerto doce días antes. Durante el trayecto, acuciado por los recuerdos, el poeta escribe un verso en su libreta, el primero que, tras años de propaganda bélica, quizá esté alentado por una auténtica inspiración poética. Un día después, el matrimonio llega a su destino, y allí se entera de que doña Ana, la madre, también acaba de morir.
Seguir leyendoAladas palabras
Antes de empezar, sé lo que va a ocurrir. La mayoría atenderá desde la primera sílaba que salga de mis labios, y, dos segundos después, los tendré a todos, incluido el que nunca escucha, completamente en silencio. Los años me han enseñado a modular la voz, a dar la intensidad justa a cada acento, a cada rima. Sé cuándo debo detenerme. Sé, por ejemplo, cómo no caer en el abismo de uno de los encabalgamientos más peligrosos de la literatura. Leo Lo fatal, el soneto de Rubén Darío, pero podría estar leyendo otro poema; los oyentes son estudiantes de segundo de ESO, pero lo mismo daría si fueran de primaria o de bachillerato. Si me esfuerzo, el efecto sería el mismo. Muchos no entenderían nada, como ahora. Algunos se extrañarían levemente (siempre reaccionan igual) con ese «ser» del cuarto verso («pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo»). Y otros, los menos, descubrirían algo que no esperaban y que, sin saber de qué se trata, se quedará con ellos de por vida.
Seguir leyendoLiteratura de la sombra
A veces tengo miedo de lo que estoy leyendo, sobre todo cuando del libro escapa una sombra que se proyecta por sorpresa, una sospecha sin constatación posible. No sé cómo ocurre, pero de pronto creo que se desmorona el orden de las cosas y me parece atisbar algo que se asemeja a una de esas verdades que han estado evitándose. Y descubro entonces que, pese a que aparece de diferentes formas, siempre se trata de la misma sensación: una abrumadora conciencia de silencio, una certeza asfixiante de que la vida carece de lecciones morales, de que somos demasiado pequeños como para que nuestros asuntos importen a Dios. Últimamente esto me está pasando con la Ilíada, obra a la que he vuelto después de muchos años.
Seguir leyendoHacia dónde
Aunque de esta imagen se ha escrito mucho, no por ello deja de fascinarme. Me parece misteriosa, pero al mismo tiempo reveladora. Misteriosa porque esa vitalidad que muestra contradice el contexto de muerte de la guerra civil. Reveladora porque es como una definición de la condición humana. Walter Reuter hace la foto en la playa de la Malvarrosa, en el verano de 1937. Todos (de izquierda a derecha: Vitín Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y Carmen García Antón) participan en los ensayos de Mariana Pineda, que se representará en conmemoración del primer aniversario del asesinato de Federico. Son jóvenes, son fuertes, son bellos. Los aviones italianos ya han dejado caer unos cuantos obuses sobre Valencia. Posiblemente, Cortezo haya sido llevado a la checa de Germanías por su indisimulada homosexualidad. Y sin embargo, ahí están, corriendo (hacia dónde) y riendo con toda la energía de que es capaz la existencia.
Seguir leyendoA medio coser
Un prejuicio sobrevuela la historia de la literatura desde el Romanticismo (uno más). Un dogma tan asumido que ni siquiera es concebible la herejía. A saber: que la juventud es un valor literario de primer orden, puesto que el escritor joven, si es capaz de escribir algo importante, posee unas cualidades superiores que responden a la mera biología. Es rebelde, desprejuiciado, tal vez algo insolente ante la herencia literaria, y su precocidad, en vez de aspirar a la imitación de los modelos, pretende superarlos. Por todo ello, el escritor joven (el buen escritor joven, insisto) pronto adquirirá el mismo rango que los autores cuyas obras más reconocidas fueron escritas al abandonar la mocedad.
Seguir leyendoLa última línea de defensa
Los profesores de literatura llevamos mucho tiempo confundidos. Pensamos que nuestra labor se corresponde con el fomento de la lectura, y que, por tanto, hemos de ofrecer a los alumnos libros que los enganchen a leer. Ha cundido la idea de que la lectura no debe salir del marco adolescente ni costar excesivo trabajo. Todo ello provoca que los clásicos españoles hayan ido desapareciendo de nuestras clases. De hecho, son estos imperativos de restricción temática y de comodidad lectora los que hacen de las clases de literatura un hábitat hostil a los clásicos, pues está en la naturaleza de estos exceder cualquier límite de referencia y necesitar una lectura atenta y laboriosa. Es decir, un clásico es la antítesis de los valores educativos que imperan hoy en los institutos. Por esa razón, cada vez hay más profesores en contra de incorporarlos al temario.
Seguir leyendoAsalto al cielo
Antes del asalto, el cielo pertenecía a un dios bastante extraño. Era el dios de los católicos, llevado por los españoles a todos los rincones del planeta. Allí se mezcló con espíritus telúricos y diosas emplumadas. El número de santos y de vírgenes creció en apenas unas décadas, y, con ellos, los días en que se les veneraba. Hasta el siglo XVIII, en la Monarquía Hispánica había una media de noventa festividades al año. Tres meses de banquetes multitudinarios, de corridas de toros, de fuegos artificiales. Para la universalidad de su mensaje, el catolicismo se hizo sincrético. Y este sincretismo lo transformó en una religión de la conmemoración y de la fiesta.
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