Hacia dónde

Aunque de esta imagen se ha escrito mucho, no por ello deja de fascinarme. Me parece misteriosa, pero al mismo tiempo reveladora. Misteriosa porque esa vitalidad que muestra contradice el contexto de muerte de la guerra civil. Reveladora porque es como una definición de la condición humana. Walter Reuter hace la foto en la playa de la Malvarrosa, en el verano de 1937. Todos (de izquierda a derecha: Vitín Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y Carmen García Antón) participan en los ensayos de Mariana Pineda, que se representará en conmemoración del primer aniversario del asesinato de Federico. Son jóvenes, son fuertes, son bellos. Los aviones italianos ya han dejado caer unos cuantos obuses sobre Valencia. Posiblemente, Cortezo haya sido llevado a la checa de Germanías por su indisimulada homosexualidad. Y sin embargo, ahí están, corriendo (hacia dónde) y riendo con toda la energía de que es capaz la existencia.

Seguir leyendo

A medio coser

Un prejuicio sobrevuela la historia de la literatura desde el Romanticismo (uno más). Un dogma tan asumido que ni siquiera es concebible la herejía. A saber: que la juventud es un valor literario de primer orden, puesto que el escritor joven, si es capaz de escribir algo importante, posee unas cualidades superiores que responden a la mera biología. Es rebelde, desprejuiciado, tal vez algo insolente ante la herencia literaria, y su precocidad, en vez de aspirar a la imitación de los modelos, pretende superarlos. Por todo ello, el escritor joven (el buen escritor joven, insisto) pronto adquirirá el mismo rango que los autores cuyas obras más reconocidas fueron escritas al abandonar la mocedad.

Seguir leyendo

La última línea de defensa

Los profesores de literatura llevamos mucho tiempo confundidos. Pensamos que nuestra labor se corresponde con el fomento de la lectura, y que, por tanto, hemos de ofrecer a los alumnos libros que los enganchen a leer. Ha cundido la idea de que la lectura no debe salir del marco adolescente ni costar excesivo trabajo. Todo ello provoca que los clásicos españoles hayan ido desapareciendo de nuestras clases. De hecho, son estos imperativos de restricción temática y de comodidad lectora los que hacen de las clases de literatura un hábitat hostil a los clásicos, pues está en la naturaleza de estos exceder cualquier límite de referencia y necesitar una lectura atenta y laboriosa. Es decir, un clásico es la antítesis de los valores educativos que imperan hoy en los institutos. Por esa razón, cada vez hay más profesores en contra de incorporarlos al temario.

Seguir leyendo

Asalto al cielo

Antes del asalto, el cielo pertenecía a un dios bastante extraño. Era el dios de los católicos, llevado por los españoles a todos los rincones del planeta. Allí se mezcló con espíritus telúricos y diosas emplumadas. El número de santos y de vírgenes creció en apenas unas décadas, y, con ellos, los días en que se les veneraba. Hasta el siglo XVIII, en la Monarquía Hispánica había una media de noventa festividades al año. Tres meses de banquetes multitudinarios, de corridas de toros, de fuegos artificiales. Para la universalidad de su mensaje, el catolicismo se hizo sincrético. Y este sincretismo lo transformó en una religión de la conmemoración y de la fiesta. 

Seguir leyendo

Barroco hispánico

Con el tiempo, me he ido reconciliando con el Barroco hispánico. Antes no lo soportaba. Tras su abigarramiento veía una vulgaridad rayana en lo populachero. Era precisamente esta obsesiva proclividad hacia lo popular lo que más me repelía, porque pensaba que toda folklorización del arte era la prueba de que ese arte no valía. El auténtico era aquel que nacía para que jamás se filtrase a la masa, el que requería de ella una aptitud para apreciar lo artístico que, por supuesto, nunca se daría. Un arte para los entendidos.

Seguir leyendo

Escritura y vida

Últimamente, una extraña pereza se adueña de mí cuando me dispongo a poner algo por escrito. Extraña porque nunca había sentido que la pereza pudiera ser tan gozosa. Antes, no escribir me sumía en una suerte de atonía melancólica que me llenaba de impaciencia. Ahora, sin embargo, pensar en hacerlo me produce un íntimo rechazo del que no soy capaz de sobreponerme. Por vez primera, creo que el acto de escribir ha perdido toda trascendencia, que, cuando no es una señal de vanidad, no busca nada más allá del propio ensimismamiento. Y por si fuera poco, veo en esa vacuidad un estorbo que me impide centrarme en las cosas del mundo, en cocinar, en leer, en viajar, en hablar con los amigos, en hacer el amor. Es decir, por primera vez, siento que la escritura me quita tiempo para la vida.

Seguir leyendo

Lectores

John Kennedy Toole nunca vio publicada su obra. La conjura de los necios, escrita en 1962, salió a la luz en 1980, cuando el autor llevaba muerto once años. Las personas que, hasta entonces, habían leído la novela eran muy pocas: el propio escritor, los lectores de las editoriales que la rechazaron y la madre, Thelma Toole, cuya contumacia hizo posible que la novela fuese editada finalmente. La anécdota no sólo da cuenta del consabido arquetipo de la obra maestra que es injustamente ignorada. Hay en ella algo más importante que, por demasiado obvio, pocas veces se piensa: que la historia de los libros es, en el fondo, la de la gente que los lee.

Seguir leyendo

La destrucción o el amor

Están casi todos. A la izquierda, vemos de pie a Miguel Hernández, seguido de Leopoldo Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, José Fernández Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda y Juan Panero. Sentados (de izquierda a derecha también) se encuentran Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. El del suelo es Gerardo Diego. La foto está tomada el 4 de mayo de 1935, en el Restaurante Biarritz de Madrid. Todos se han leído. Todos se admiran. Todos se envidian amigablemente. Los suponemos después de la comida. Sonríen relajados. Quizás alguien haya gastado alguna broma. Tal vez continúen con una conversación iniciada antes del posado. Se reúnen para homenajear a Aleixandre, Premio Nacional de Literatura por su libro La destrucción o el amor. Y es esto precisamente lo que otorga a la imagen una suerte de trágica ironía. Porque un año después de aquel amoroso ágape, algunos de ellos intentarán destruirse mutuamente.

Seguir leyendo

La isla

Tengo una teoría: la lengua no la hacen los hablantes, sino que es la lengua la que hace a los hablantes. Esto concuerda con lo que Tolkien aseguraba que había sido su verdadero propósito al crear la Tierra Media: dar hablantes al quenya, el primer idioma élfico que había estado desarrollando desde su juventud. Mi teoría sigue el orden tolkiano, que es, en el fondo, el de todas las cosmogonías. Primero la palabra y después el mundo. Primero el «fiat lux!» originador de la luz. El sonido articulado en el verbo creador. La música de las esferas. 

Seguir leyendo

En la tinta

El tiempo es el olvido. Nacemos para dejar de ser recordados. No hay paradoja más terrible que esta, ni más bella. Pese a que solo estamos aquí para generar otras vidas, para depositar nuestros genes en otros cuerpos, al final seremos devorados por la oscuridad amnésica de los siglos. A partir de la sexta generación, la probabilidad de descender genéticamente de nuestros antepasados es del uno por ciento, y del uno por mil desde la vigésimo tercera. Así que todo lo que somos, todo aquello que volcamos en quienes nos suceden terminará diluyéndose en el infinito caldo del tiempo.

Seguir leyendo