Una cosa es el humor y otra el cachondeo. El humor puede llegar a ser patético y terriblemente triste, y, sobre todo, terminar exponiéndonos, desnudos e inermes, al desierto de lo real. El cachondeo, en cambio, es una fiesta continua, un fuego de artificio en el que importa menos el fondo que la forma. Lo peor del cachondeo no es la vulgaridad de la que se suele nutrir (hay vulgaridades muy loables y humorísticas), sino la endémica impotencia que esconde siempre. Está en nuestra parte reptiliana de afrontar la vida agarrarnos un colocón de cachondeo cuando los problemas comienzan a acuciarnos; aunque luego nos demos cuenta de que tras él nunca ha habido nada y entonces se nos quite las ganas de reír. El humor es catártico, el cachondeo, sin embargo, es un callejón sin salida, una inercia frívola que nos vuelve perezosos e ignorantes.
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Personillas
Poco a poco veo más rostros descubiertos en mi trabajo, sobre todo entre los estudiantes (no así entre los profesores, qué curioso), lo cual ha hecho que esta primera semana sin mascarilla obligatoria no haya reconocido a casi nadie. El día antes de la «liberación», se me ocurrió preguntar a mis alumnos si, ahora que podían, vendrían a clase con la cara destapada. La mayoría contestó afirmativamente, pero me sorprendió que los que aún se mostraban reticentes adujeran por unanimidad que seguirían llevándola porque les daba vergüenza quitársela.
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