Poco a poco veo más rostros descubiertos en mi trabajo, sobre todo entre los estudiantes (no así entre los profesores, qué curioso), lo cual ha hecho que esta primera semana sin mascarilla obligatoria no haya reconocido a casi nadie. El día antes de la «liberación», se me ocurrió preguntar a mis alumnos si, ahora que podían, vendrían a clase con la cara destapada. La mayoría contestó afirmativamente, pero me sorprendió que los que aún se mostraban reticentes adujeran por unanimidad que seguirían llevándola porque les daba vergüenza quitársela.

Hemos estado dos años ocultando el rostro detrás de un trozo de tela que, además de protegernos del virus, nos ha estado amparando contra el peligroso mundo exterior y contra nosotros mismos. Las mascarillas, qué duda cabe, han sido beneficiosas para muchos, sobre todo, para aquellos que tienen, no solo problemas de salud, sino un alma vulnerable. Los inmunodeprimidos o los alérgicos se han sentido más protegidos, pero también los tímidos han podido dejar de serlo, los feos han logrado que sus ojos (la parte más hermosa de la cara) hagan creer a los demás que no lo son, y, claro está, algunos adolescentes han visto la oportunidad de mitigar su consabida inseguridad parapetándose tras ellas. 

Sin embargo, sus beneficios han sido insignificantes si los comparamos con el daño que al final van a provocar en los mismos que se han aferrado a ellas. Porque la vuelta a la normalidad irá imponiendo los viejos hábitos sociales de llevar el rostro descubierto, y todos tendrán que regresar a las mismas inseguridades de antes. Y, por culpa de ese falso paraíso de protección que han estado disfrutando, terminarán haciendo cada vez más evidente aquello que trataban de esconder y que las mascarillas, paradójicamente, no han hecho sino agudizar. Y es que el miedo nos retrata. Nuestra reacción ante él revela la pasta de la que estamos hechos, la envergadura realmente existente de nuestra autonomía. Por miedo reclamamos más seguridad sin que nos importe ofrecer nuestra voluntad a cambio. La ausencia de mascarillas pondrá en evidencia a muchos que han visto en ellas una tabla de salvación, y sacará a la luz la verdadera persona que había detrás. 

Persona que, por cierto, es una palabra que en latín significaba precisamente «máscara». Así que, si tras la máscara se esconde la persona, imagínese qué se esconde cuando le ponemos el diminutivo y la convertimos en mascarilla.

Imagen: La belleza de los amantes. René Magritte.

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