Uno de los mayores traumas históricos que ha sufrido España es la invasión napoleónica de 1808. Horrorizan las cifras: entre 375.000 y 500.000 víctimas directas e indirectas, unos 30.000 exiliados, alrededor de 1.500 obras maestras robadas, la totalidad de la incipiente industria destruida, y el principio del fin del imperio hispánico. El trauma alcanza cotas de auténtica tragedia si además se tiene en cuenta que aquella guerra es, en cierto modo, una conflicto civil que enfrenta a afrancesados y patriotas, y que crea para la posteridad el mito de las «dos Españas», de tan exitosa trayectoria.
Sin embargo, noventa años después, en el célebre 1898, apenas queda rastro de aquel trauma: los primeros Episodios Nacionales de Galdós tal vez, campanudas referencias en discursos políticos con olor a naftalina, unos cuantos estudios académicos y algún que otro cuadro de tema histórico. Ni siquiera los del grupo literario que adopta el nombre de aquella fecha se acuerdan de lo que ocurrió hace noventa años. Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Las generaciones que vivieron la guerra han muerto ya. Los desastres han sido trabajosamente superados y las responsabilidades de unos y de otros convenientemente olvidadas. Ni los descendientes de los afrancesados ni sus herederos políticos son acusados públicamente de traidores; tampoco a los monárquicos (salvo a los carlistas; toda regla tiene excepciones) se les recuerda continuamente sus ascendientes absolutistas. Noventa años después de la gran debacle, hay otros problemas. Noventa años después de tocar fondo, España es un país distinto.
Por eso sorprende la persistencia (la contumacia en persistir, más bien) de ese otro gran trauma histórico sufrido hace ahora noventa años. Tanto en cifras materiales como en costes morales, el conflicto civil de 1936 es similar a la guerra contra el francés. Cuando no proporcionalmente menor: hay devastación demográfica y económica, sí, pero la recuperación es mucho más rápida; la desgarradura social de las eternas «dos Españas» es profunda y dolorosa, por supuesto, pero existe una reconciliación posterior y una voluntad explícita de que aquello no suceda de nuevo. ¿A qué se debe entonces que en 2026 vuelvan a estar abiertas las heridas? ¿Qué se pretende al recuperar para la conversación pública los lemas y la demagogia retórica de aquel tiempo? ¿Se han medido bien las consecuencias? ¿Existe algún plan para desactivar un artefacto explosivo semejante? ¿O es todo una improvisación más, un nuevo salto al vacío?