Un prejuicio sobrevuela la historia de la literatura desde el Romanticismo (uno más). Un dogma tan asumido que ni siquiera es concebible la herejía. A saber: que la juventud es un valor literario de primer orden, puesto que el escritor joven, si es capaz de escribir algo importante, posee unas cualidades superiores que responden a la mera biología. Es rebelde, desprejuiciado, tal vez algo insolente ante la herencia literaria, y su precocidad, en vez de aspirar a la imitación de los modelos, pretende superarlos. Por todo ello, el escritor joven (el buen escritor joven, insisto) pronto adquirirá el mismo rango que los autores cuyas obras más reconocidas fueron escritas al abandonar la mocedad.

Pero semejantes valores no pertenecen al Romanticismo sólo por lo que expresan, sino también porque muestran esa característica obstinación del romántico que se aparta de la realidad persiguiendo sus propias ocurrencias. Ya que, a poco que uno indague en la historia, verá que las obras de madurez suelen ser mejores que las de juventud. La experiencia es, más que un grado, una condición indispensable para el conocimiento, y haber vivido unos cuantos años más y ser un poco más sabio puede ayudar a que al final se escriba mejor. Los ejemplos de aquellos que, como J. D. Salinger o Carmen Laforet, jamás volvieron a alcanzar el nivel de su primera obra son tan inusuales que hay que incluirlos en la exigua lista de excepciones confirmantes.

Donde el mito de la juventud se torna axioma definitivo es en los casos de escritores que murieron de forma prematura. Últimamente pienso en Miguel Hernández, cuya obra estoy obligado a leer regularmente en clase desde hace más de dos décadas. No sé si será por saturación o por aburrimiento, pero con los años he empezado a dudar del puesto que ocupa en el canon, y a estas alturas no puedo evitar verle las costuras, pero no las de los escritores mediocres, sino las de aquellos que están todavía a medio coser. Y me pregunto si esa farragosidad verbal de la mayoría de sus obras, si ese impudor estilístico en el que a veces cae su poesía, si esa falta de temperancia (que empieza a corregir en el póstumo Cancionero y romancero de ausencias) no se hubiera pulido de haber seguido escribiendo. Y si acaso no habría terminado convirtiéndose por fin en el genio de la literatura que se asegura que es.

Imagen: Retrato de Miguel Hernández, de Antonio Buero Vallejo.

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