Hablar de uno mismo es un arte. No todos pueden hacerlo, y muy pocos pueden hacerlo bien. A la capacidad de introspección que se requiere hay que añadir cierta proclividad de carácter hacia la vanidad, que, por supuesto, ha de ser siempre discreta. Un recurso utilizado a lo largo de la historia ha sido el de la confesión. San Agustín escribe las suyas, además de para la consabida alabanza de Dios, para la búsqueda de esa verdad que también anida en el interior de los lectores. En el décimo libro de su obra leemos: «Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los muchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas, y olvidaron mirarse a sí mismos».
La genealogía que parte de esta mirada introspectiva es enorme: la Historia calamitatum de Pedro Abelardo, la Vida nueva de Dante, las memorias de Cellini, la autobiografía de Santa Teresa o incluso los ensayos de Montaigne. La necesidad de contar públicamente la propia vida, si bien se inicia con lo que podemos suponer los excesos de la vanidad, tiene en todas estas obras un nexo en común que los atempera: la búsqueda de la verdad interior para comprenderse a uno mismo y servir de ejemplo a los lectores.
Sin embargo, la ejemplaridad de esta milenaria subjetividad estallará por los aires cuando el Romanticismo la convierta en pura exhibición. ¿Cómo podría el yo único («no estoy hecho como ninguno de cuantos existen», escribe Rousseau en sus Confesiones) seguir siendo un espejo donde contemplarse si la singularidad solamente es susceptible de ser admirada? La imitación del artista genial, del héroe del pueblo, del líder carismático resulta imposible porque, en el mundo recién inaugurado de la originalidad, no puede haber dos genios, dos salvadores de la nación, dos Führer.
La historia del arte de hablar de uno mismo es la historia del viaje que la vanidad emprende desde la discreción de las confesiones al narcisismo de la ostentación global de nuestro tiempo. En un proceso invertido por el individualismo romántico (que convierte la vanidad en una suerte de virtud colectiva), la proyección pública a la que las redes sociales obligan hoy ha hecho que la literatura prestigie el género de la autoficción y a autores cuyas vidas no son más que una eterna promoción de sí mismos.
Imagen: Conversión de San Agustín, Fra Angelico.