La frase de Jean Améry resuena insistentemente en mi cabeza estos días: «El acto de matarse a sí mismo es el triunfo definitivo sobre la naturaleza empírica». En la tesis subyacente no existe ni un ápice de ironía. No es Kiríllov exponiendo patéticamente una idea («me mataré para afirmar mi insubordinación y mi nueva y terrible libertad») que su creador, Dostoyevski, por supuesto no comparte. En esa frase intuyo todo lo contrario: entusiasmo, pero un entusiasmo que en nuestra época está normalizado. El escritor austríaco ratifica el concepto, asumido hoy, de libertad individual. Libertad cuya máxima demostración sería el suicidio. Suicidio que, cuando fuera asistido por el estado, alcanzaría la categoría de derecho universal.

Existe una larga tradición que juzga el suicidio como una constatación de nuestra humanidad. Opinaba Plinio que suicidarse era un don del que ni siquiera los dioses gozaban. Shakespeare hizo decir a su Cleopatra que no había nada más noble que «acometer aquello que pone fin a todas las acciones». Pero no fue hasta el Romanticismo cuando empezó a sentirse el «dolor del mundo» (Weltschmerz), que otorgaría al suicidio la categoría estética y el valor filosófico que todavía parecen indiscutibles. El Weltschmerz fue un malestar cósmico provocado por la creencia de que la realidad material no estaba a la altura de los infinitos anhelos del genio. Ante tamaña descompensación, el alma romántica únicamente pudo inmolarse heroicamente. Por lo que, con el tiempo, el suicidio pasó a ser tenido como el acto de libertad por excelencia.

Jean Améry se quitará la vida en 1978, dos años después de haber escrito esa frase en su Discurso sobre la muerte voluntaria. Había sobrevivido a Auschwitz, y, mientras fue un preso desposeído de su voluntad, nunca pensó en suicidarse. Fue después, al volver a ser un hombre, cuando, según él, se dio cuenta de que el suicidio era un «triunfo» de la humanidad ante la falta de sentido. Sin embargo, creo que hay algo escabroso en lo que dice. O quizá sólo en esa palabra, «triunfo». Otro superviviente del holocausto, Viktor Frankl, opondrá al suicidio la solución de otorgar un sentido al sufrimiento humano. Sentido que, mediante la responsabilidad con los demás, induce a querer retrasar lo más posible el enfrentamiento con la muerte.

Creo que esa capacidad nuestra de seguir adelante, cueste lo que cueste, es también un acto de humanidad. De hecho, para mí, constituye su auténtico triunfo.

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