A lo caballero

Estos versos: «Menos solicitó veloz saeta / destinada señal, que mordió aguda; / agonal carro por la arena muda / no coronó con más silencio meta, / que presurosa corre, que secreta, / a su fin nuestra edad». ¿Quién sería capaz hoy de escribirlos? ¿Quién de construir una secuencia gramatical como esa? ¿Quién podría entenderlos? Sí, se trata de Góngora el hermético, el oscuro, el vate «nocturnal» que fue olvidado tras el pomposo rompimiento de gloria dieciochesco. El poeta que, pese a las vindicaciones un tanto fingidas de la generación del 27, nunca consiguió salir de la caja entomológica de la academia. Pero también es el escritor que más discípulos crea durante el Barroco, el más imitado en vida (incluso para ser denostado), el que más influye en el estilo literario de amigos y de enemigos.

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Aladas palabras

Antes de empezar, sé lo que va a ocurrir. La mayoría atenderá desde la primera sílaba que salga de mis labios, y, dos segundos después, los tendré a todos, incluido el que nunca escucha, completamente en silencio. Los años me han enseñado a modular la voz, a dar la intensidad justa a cada acento, a cada rima. Sé cuándo debo detenerme. Sé, por ejemplo, cómo no caer en el abismo de uno de los encabalgamientos más peligrosos de la literatura. Leo Lo fatal, el soneto de Rubén Darío, pero podría estar leyendo otro poema; los oyentes son estudiantes de segundo de ESO, pero lo mismo daría si fueran de primaria o de bachillerato. Si me esfuerzo, el efecto sería el mismo. Muchos no entenderían nada, como ahora. Algunos se extrañarían levemente (siempre reaccionan igual) con ese «ser» del cuarto verso («pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo»). Y otros, los menos, descubrirían algo que no esperaban y que, sin saber de qué se trata, se quedará con ellos de por vida.

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Literatura de la sombra

A veces tengo miedo de lo que estoy leyendo, sobre todo cuando del libro escapa una sombra que se proyecta por sorpresa, una sospecha sin constatación posible. No sé cómo ocurre, pero de pronto creo que se desmorona el orden de las cosas y me parece atisbar algo que se asemeja a una de esas verdades que han estado evitándose. Y descubro entonces que, pese a que aparece de diferentes formas, siempre se trata de la misma sensación: una abrumadora conciencia de silencio, una certeza asfixiante de que la vida carece de lecciones morales, de que somos demasiado pequeños como para que nuestros asuntos importen a Dios. Últimamente esto me está pasando con la Ilíada, obra a la que he vuelto después de muchos años.

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Lectores

John Kennedy Toole nunca vio publicada su obra. La conjura de los necios, escrita en 1962, salió a la luz en 1980, cuando el autor llevaba muerto once años. Las personas que, hasta entonces, habían leído la novela eran muy pocas: el propio escritor, los lectores de las editoriales que la rechazaron y la madre, Thelma Toole, cuya contumacia hizo posible que la novela fuese editada finalmente. La anécdota no sólo da cuenta del consabido arquetipo de la obra maestra que es injustamente ignorada. Hay en ella algo más importante que, por demasiado obvio, pocas veces se piensa: que la historia de los libros es, en el fondo, la de la gente que los lee.

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Modernidad

El gran hallazgo de la civilización hispánica se llama modernidad, aunque, para entenderla como nuestros antepasados la concibieron, hay que despojarse de algunos prejuicios y aceptar que no significa progreso. Al menos en literatura. Es cierto que la literatura se hace moderna cuando la realidad se infiltra en los libros y la frontera entre esta y la ficción se desdibuja. Sin embargo, las obras se llenan de criados, pícaros y locos, más que por agotamiento del idealismo, porque la realidad deja de ser literaria. La Celestina aparece cuando se ha acabado la reconquista y la épica ya ha envainado la espada. No hay en ella hechos valerosos, sino acciones que tienen el único objetivo de la supervivencia. No hay enfermos de amor, sino interés. No hay enseñanza moral: hay vida. Pero todo cuanto nosotros, lectores del futuro, consideramos moderno, para aquellos escritores es un desastre. Por eso, el discurso sobre la libertad de la mujer está puesto en la boca de la puta Areúsa, y el del hombre hecho a sí mismo en la fingida autobiografía de un parásito social.

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Contra la escritura

Si nuestros 300 milenios sobre la faz de la tierra equivaliesen a una vida, los humanos llevaríamos poco más de un año utilizando la escritura. El alfabeto es una novedad tan reciente que aún podemos considerarlo una anomalía. Somos seres orales. A través de los sonidos que producen las palabras cuando se pronuncian y de las ideas que atesoran cuando se descifran, transmitimos en su día la sabiduría de la especie. Como el conocimiento no quedaba fijado en ningún sitio, tuvo la duración de la existencia humana y estuvo en completo movimiento: de boca a oreja, de madre a hija, de maestro a alumno. Cuanto se perdía por el camino era renovado en cada generación mediante un nuevo hallazgo o con una nueva versión de lo que había.

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Para entender a Antonio Machado

Para entender a Antonio Machado hay que haber nacido en otro siglo. El siglo XXI es un siglo antimachado porque se ha perdido la mirada del paisaje. Antes, quedarse embobado mirando por la ventanilla del coche era algo habitual en las personas; ahora, mis alumnos, mi hija y casi todos los nacidos en este siglo no saben ni que el paisaje existe. Es imposible conmoverte con el mundo exterior cuando tus ojos están acostumbrados a contemplar otros mundos mucho más asequibles en el interior de una pantalla. Ver algo interesante en el paisaje, amarlo incluso, requiere concentración y capacidad de observación, habilidades propias de una mirada horizontal que la verticalidad actual del móvil no proporciona.

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La mala suerte

Mala suerte no es que un arcabuzazo te deje inútil de una mano para siempre, ni que pases cinco años de cautiverio en los baños de Hasan el Veneciano. Tampoco que, a tu regreso a España, descubras que el mundo ha seguido girando sin ti y que todo empieza a sonarte irremediablemente a chino, o que, a pesar de ser un héroe de guerra, todo el mundo te ignore y se te impida comenzar de nuevo en el paraíso americano. Ni siquiera que te empeñes en dedicarte al teatro en el siglo en el que Lope es el rey indiscutible de la escena (esto no es mala suerte, por supuesto, sino una temeridad como una casa).

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