Los profesores de literatura llevamos mucho tiempo confundidos. Pensamos que nuestra labor se corresponde con el fomento de la lectura, y que, por tanto, hemos de ofrecer a los alumnos libros que los enganchen a leer. Ha cundido la idea de que la lectura no debe salir del marco adolescente ni costar excesivo trabajo. Todo ello provoca que los clásicos españoles hayan ido desapareciendo de nuestras clases. De hecho, son estos imperativos de restricción temática y de comodidad lectora los que hacen de las clases de literatura un hábitat hostil a los clásicos, pues está en la naturaleza de estos exceder cualquier límite de referencia y necesitar una lectura atenta y laboriosa. Es decir, un clásico es la antítesis de los valores educativos que imperan hoy en los institutos. Por esa razón, cada vez hay más profesores en contra de incorporarlos al temario.

Hemos asumido con tanta docilidad las limitaciones que nos imponen los actuales planes de estudio que no nos damos cuenta de algo esencial: un profesor que prescinde de los clásicos en el aula olvida que su lectura también puede fomentarse. De hecho, un clásico es, en esencia, el libro más susceptible de ser fomentado de cuantos hay, puesto que compagina profundidad temática con capacidad de adaptación a las nuevas épocas. Esto es precisamente lo que Azorín sostiene cuando dice que el Quijote no lo ha escrito Cervantes sino la posteridad, o cuando Borges asegura que un clásico es «deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término». 

Pero, como todos los libros, los clásicos necesitan lectores. Y para que estos existan, debe haber antes un profesor que los difunda íntegramente en sus clases derribando la resistencia del idioma con sus explicaciones y resaltando su vigencia actual. Sin esta última línea de defensa, los clásicos corren el riesgo de acabar siendo olvidados por la sociedad que un día los encumbró. Y ese olvido suele coincidir con el final de una civilización, con el remate impuesto a un largo proceso de negligencia colectiva

Téngase por seguro que el ciudadano romano que ve cómo Odoacro depone al último emperador no conoce a Cicerón ni ha leído la Eneida. Lleva tanto tiempo sin los clásicos que cree que el pasado nunca ha tenido lugar. Vive tan inmerso en el presente que ni siquiera sabe que es precisamente el mundo que habita lo que ya ha dejado de existir.

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