Estos versos: «Menos solicitó veloz saeta / destinada señal, que mordió aguda; / agonal carro por la arena muda / no coronó con más silencio meta, / que presurosa corre, que secreta, / a su fin nuestra edad». ¿Quién sería capaz hoy de escribirlos? ¿Quién de construir una secuencia gramatical como esa? ¿Quién podría entenderlos? Sí, se trata de Góngora el hermético, el oscuro, el vate «nocturnal» que fue olvidado tras el pomposo rompimiento de gloria dieciochesco. El poeta que, pese a las vindicaciones un tanto fingidas de la generación del 27, nunca consiguió salir de la caja entomológica de la academia. Pero también es el escritor que más discípulos crea durante el Barroco, el más imitado en vida (incluso para ser denostado), el que más influye en el estilo literario de amigos y de enemigos.
Me pregunto qué hay en esa época para que una poesía tan difícil como la del cordobés se convierta en modelo de escritura. Qué se respira en Madrid, en Nápoles, en Ciudad de México para que al idioma, buscando el añorado brillo del latín, se le acumulen tal cantidad de subordinadas. Quizá se deba a que la literatura, insuflada por la moda teatral, lo traspasa todo ahora. Aunque también es posible que se trate de los frutos que ofrece Trento con medio siglo de retraso. La propaganda de la Contrarreforma, que pretende impulsar la obra de arte hacia la trascendencia, establece que la belleza, además de agradar, debe sublimar el espíritu. Y para eso, para hacerlos dignos de tal fin, el artista acabará forzando todos los recursos de que dispone. Lo cual provocará que, en lo literario, el español no vuelva a ser ni tan complejo ni tan hermoso como lo fue durante el Barroco.
La poesía de Góngora carecerá de parangón en lo sucesivo. Con él, la literatura alcanza una altura expresiva que luego no podrá recuperar nunca. Es en esos años cuando, además, su influjo resulta tan poderoso que hasta sastres, zapateros y albañiles hablan (según Suárez Figueroa) «a lo caballero, con soplos, gestos, papitos y pausas, imitando de los señores los más exquisitos modos de decir y hacer». ¿Hay fenómeno más insólito?: la poesía, que siempre evitó a la lengua el deterioro al que suele someterla el uso cotidiano, entró con toda su fuerza en el mundo, y fue capaz de hacer que, en un momento de la historia, la gente se esforzara en hablar bien.
Imagen: Luis de Góngora, Diego Velázquez.