Los nómadas sabemos que existen dos tipos de personas en el mundo: las que, como nosotros, nunca cesan de moverse, y aquellas que solo se mueven para emprender un viaje. El nómada no viaja porque, para viajar, hay que volver al sitio de donde se parte, y nada hay en su vida errante que se asemeje a un origen. El nómada simplemente se traslada, vive de alquiler y es un experto en cajas y embalajes. Por eso, mira con condescendencia a los viajeros, su ligereza, su despreocupación, su entusiasmo.

Los viajeros son personas de una sola casa y de una sola calle. Los muebles y el paisaje al otro lado de la ventana nunca cambian porque el escenario es su propia vida. Huelen los olores de siempre, los llevan impregnados en su pituitaria como una neurona más. Esos olores son los del hogar materno, que también ha sido el mismo desde el principio. Aunque todos provenimos de un nomadismo primigenio, el viajero es la última rama de una genealogía de sedentarios. Su pasado es compartido por muchos como él. Cuando se reúnen, siempre hay algo que contar que en su día los incumbió a todos. En los recuerdos comunes reside la esencia de quienes no son nómadas. Y en la familia.

Los viajeros tienen raíces; los nómadas somos seres aeropónicos. Nos enraizamos en la misma extensión del aire, suspendidos a varios metros por encima de la tierra. Como no paramos jamás desde que nacemos, creemos que el conocimiento es la experiencia y que, precisamente por eso, porque hemos vivido en todas partes y en ninguna, lo sabemos todo acerca de los hombres. Para nosotros, el viaje del viajero apenas traspasa el velo de la anécdota. Ni cala ni nutre el alma. Tanto se hunden sus raíces en un mismo lugar que es incapaz de ver más allá de los suyos. El viajero pertenece a un solo ecosistema; si lo obligaras a mudarse, en poco tiempo perecería consumido por la nostalgia.

Pero la verdad es que los nómadas pensamos así de él porque, en el fondo, lo envidiamos dolorosamente, y nos pasamos media vida fingiendo que su amor a la costumbre y al hogar no nos afecta. Lo que daríamos por hacer planes que incluyeran un regreso tras el viaje. Un abrir la puerta de tu casa. Un hacerse todo familiar en un momento. Un encontrarte con alguien que te espera.

Un comentario en “Nómadas y viajeros

  1. Carlos III de Inglaterra lleva todos sus enseres domésticos cuando se desplaza: cama, armario, cómoda, etc… Las damas inglesas tomaban el té en tazas de porcelana teniendo como fondo las praderas del Serengheti. No se mezclaban con los nativos. Los españoles hemos dejado Sánchez por todo el mundo. Somos verdadera gente de mar. Como el siciliano Batiatto. Como el mañero Ulises, retoño de Zeus. Y eso no quita que retornemos a la isla y Penélope nos esté esperando. Con las armas dispuestas.

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