Dudo de que haya en España algo tan feo como un instituto de secundaria y bachillerato. Un instituto público, por supuesto, con esa mezcla de racionalismo franquista, neobolchevismo ochentero, ambulatorio de pueblo y tristeza inconsolable. Todo, en su interior, está llamado a despertar el instinto de huida: desde esos azulejos que, en la mayoría de casos, parecen importados del mismo Chernobyl, hasta el mobiliario, que a buen seguro alguien robó alguna vez del comedor de una cárcel. En definitiva, los institutos públicos españoles son una bomba estética de desmotivación masiva.

Cuanto entra por los ojos difícilmente se va de la cabeza, y menos aún del alma. En España, durante seis horas al día y cinco días a la semana, los ojos de los chavales de entre 12 y 18 años reciben una sobredosis letal de funcionalismo y desolación. El trauma psicológico y espiritual que ello provoca es prácticamente incurable, y sus consecuencias, a medio plazo, evidentes. No solo las leyes educativas (cada cual peor) son las causantes de la grosería y el mal gusto de la sociedad española del siglo XXI; también lo son estos templos erigidos a la monstruosidad de estado donde todas ellas han tenido lugar. Por eso, es difícil que el proceso sea reversible. Demasiadas generaciones de estudiantes han crecido en eriales estéticos como para frenar la decadencia.

Quien tiene la mala suerte de pisar un instituto público accede al lado chungo de Barrio Sésamo o de un dibujo de José Ramón Sánchez. De hecho, la última década de la dictadura y los años ochenta son los dos momentos fundamentales en la historia del horror educativo, y coinciden, curiosamente, con la aprobación y desarrollo de la llamada Ley Villar Palasí, principio del fin de la enseñanza española. Es entonces cuando se impone el omnipresente ladrillo rojo, elemento estrella que las épocas posteriores no han querido eliminar. El ladrillo rojo es la enseña del sistema que lo hace posible, el estandarte del largo proceso de ingeniería (arquitectura) social que se inicia en los centros educativos y actualmente se prolonga durante la mayor parte de la vida del individuo.

Sin embargo, no todos los institutos sufren el estigma de la fealdad. Los concertados y los privados empiezan a jugar en otra liga. Tal vez porque existe una mayor responsabilidad de las comunidades educativas que los sustentan. O quizá porque hay una mayor implicación de los gobiernos que los favorecen.

2 comentarios en “Institutos españoles

  1. Siendo usted de lengua, no caiga en el manido y tertuliano queísmo. Uno duda de algo, nos decían …
    En cuanto al ladrillo rojo de imposición socialista no pongo objeción alguna. Otra cosa son los concertados ( esos que aún no pagan el IBI), están en los centros de las ciudades, carecen de luz natural y se mantienen del dichoso Estado. De los privados, nada que decir: que con su dinero se lo coman. Dese una vuelta por los centros de adultos.

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