Lo llamo círculo porque es cerrado, aunque también porque tiene un centro. Su hermetismo significa exclusividad; su núcleo, influencia. Habitan el círculo quienes hacen méritos para entrar en él. Pero el círculo no es meritocrático, sino que se guía por las conexiones de agenda. Para el círculo, el mérito es del que conoce a la gente adecuada. Las relaciones que promueve no son ninguna novedad: yo te hago un favor y tú me lo devuelves algún día. Memoria de quien te ha beneficiado y talento para promocionarte son dos de los requisitos para entrar en el círculo. Sin olvidar, claro está, cierta conciencia de clase, es decir, el convencimiento de que pertenecerás a un grupo exclusivo que tutela a la masa.

Solo ingresan en él los que son convocados, no obstante, nunca serás convocado si no tienes nada que ofrecer. Ofreces al círculo dedicación y lealtad; si lo cuidas, él te cuidará cuando estés en dificultades. Lo más importante es que, después de acceder, no olvides que se lo vas a deber todo a partir de entonces. Estarás en ese puesto, ganarás ese premio, dirigirás ese periódico, te promocionarán esos medios o llegarás a esa  presidencia únicamente por él. 

El círculo no pertenece al país; es el país el que pertenece al círculo. Al círculo le interesa aparentar que en realidad no existe. Y lo consigue difuminándose en la casualidad de los acontecimientos, como si también estuviera a merced del equilibrio impuesto por el estado y sus leyes. Pero no es así. El statu quo se mantiene precisamente gracias al círculo, y los que se benefician de él no quieren que nada cambie. De hecho, son sus guardianes. Incluidos aquellos que llaman a derribar el orden político establecido. La máxima es muy simple y casi nunca falla: todos los que tienen alguna influencia pertenecen al círculo.

Para el resto de mortales, sin embargo, el círculo normalmente es invisible. Aunque a veces se muestra con sorprendente nitidez. Por ejemplo: 4.000 enemigos aparentemente irreconciliables, representantes todos ellos de una sociedad polarizada, se unen de pronto para pedir que el gobierno indulte a una persona que, a buen seguro, los favoreció en su día. Que haya sido condenada por prevaricación y malversación de caudales públicos no importa: «es de los nuestros».

La aparición del círculo es fugaz e inesperada. Y si no estás atento, puede que al final termine pareciéndote un espejismo.

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