Persona y personaje

«He llegado al límite de la contradicción entre persona y personaje»

Íñigo Errejón

El distingo es tan semántico como metafísico. En su origen, «persona» (del latín «persona», y esta del griego «prósopon») es la máscara teatral que oculta al personaje. La máscara de Edipo, a través de la abertura de la boca, amplifica el sonido y hace que sus palabras lleguen hasta las últimas gradas del teatro. El espectador griego nunca verá a Edipo, sino la imagen de su máscara. Todos los Edipos de todos los teatros de la Hélade tienen los mismos rasgos y, por tanto, son la misma persona. Sin embargo, el personaje, siempre escondido, son muchos personajes a la vez, tantos como consigue dibujar la imaginación del público. A partir de entonces todo estará al revés durante siglos: la persona será la ficción; el personaje, la realidad que esta ha velado

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La amenaza de la historia

Podemos estar tranquilos. El enfrentamiento social no ha llegado todavía. El verbo despreciativo y violento no ha salido del Congreso de los Diputados ni de las redes sociales. No ha ensuciado el vituperio la tienda de barrio. Se mantiene limpia de odio la atmósfera de las ciudades. Los compañeros de trabajo no se insultan ni los matrimonios se querellan. El ruido y la propaganda de los medios de comunicación no han acabado con la silenciosa rutina de la gente. El mundo de allá no ha contaminado la vida de acá. Por ahora seguimos a salvo. La historia no ha invadido nuestra intrahistoria. 

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Ateos

No creo en los ateos. En ese extrañísimo conformarse solamente con la promesa de la nada. En su revindicación constante de un sentido objetivo del mundo que sin embargo ninguno de ellos ha logrado entender jamás. En su amor casi enfermizo por la trampa dialéctica, henchida de arrogancia y paradojas, para defender lo indefendible. El ateo padece en un silencio culpable las viejas incongruencias del creyente. Las menosprecia por irracionales, sí, pero al mismo tiempo hace de la ausencia de Dios una presencia constante, una omnipresencia de la ausencia que exige que todo se mire a través del cristal de su ateísmo.

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La destrucción o el amor

Están casi todos. A la izquierda, vemos de pie a Miguel Hernández, seguido de Juan PaneroLuis RosalesAntonio EspinaLuis Felipe VivancoJosé Fernández MontesinosArturo Serrano PlajaPablo Neruda y Leopoldo Panero. Sentados (de izquierda a derecha también) se encuentran Pedro SalinasMaría ZambranoEnrique Díez-CanedoConcha AlbornozVicente AleixandreDelia del Carril y José Bergamín. El del suelo es Gerardo Diego. La foto está tomada el 4 de mayo de 1935, en el Restaurante Buenos Aires de Madrid. Todos se han leído entre sí. Todos se admiran. Todos se envidian amigablemente. Los suponemos después de la comida. Sonríen relajados. Quizás alguien haya gastado alguna broma. Tal vez continúen con una conversación iniciada antes del posado. Se reúnen para homenajear a Aleixandre, Premio Nacional de Literatura por su libro La destrucción o el amor. Y es esto precisamente lo que otorga a la imagen una trágica ironía. Porque un año después de aquel amoroso ágape, algunos de ellos intentarán destruirse mutuamente.

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Agentes del orden

Últimamente tenemos mala prensa los ordenados. Desde hace más de dos siglos, para ser más precisos. Hay que reconocer que el Romanticismo hizo un buen trabajo con la humanidad. Tanto que consiguió infiltrarse hasta en lo más recóndito del imaginario de la gente. El mito del espíritu atormentado que se enfrenta a la incomprensión de la masa llegó incluso al ámbito doméstico. No es de extrañar que ahora, en la época de ese epígono del héroe romántico que es el individuo narcisista, las personas ordenadas aparezcamos como las representantes de una suerte de tiranía llamada a uniformar las conciencias de los caóticos. A sacarlos de su singularidad irrepetible. A impedirles desarrollarse en libertad.

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Ser joven

Si tu hijo te dice que su vida es una mierda, no intentes convencerlo de lo contrario; cuanto más lo hagas, más fácil le resultará seguir compadeciéndose de sí mismo. Limítate a actuar indirectamente, como de soslayo. Es decir: asume con despreocupación que su vida es una mierda si quieres que algún día deje de pensar que lo es. Su lamentación no constituye una idea, sino el colofón que convierte la tristeza de ser joven en un hábito. No te preocupes, deja que hable. Estar triste le permitirá encontrar esos momentos de plenitud que únicamente le regalará la madurez.

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Las cosas

Aún no me he rendido; me siguen importando las cosas. A pesar de la época que me ha tocado vivir, me esfuerzo en mantener vivo el atavismo que me une a ellas. Atavismo, sí. Porque, hasta el siglo XXI, las cosas eran una extensión del ser humano, la materialización de su conciencia. Por las cosas el arqueólogo reconstruía el pasado y el heredero su memoria. Hasta ayer mismo, eran cosas lo que exponían los museos y llenaban nuestros salones. Lo que escondía un niño en su caja de tesoros. Lo que desembalaba el viajero cuando llegaba a su destino. Borges escribió de ellas que durarían más allá de nuestro olvido. Mil veces tocadas y contempladas como talismanes sagrados. Cercanas y apaciguadoras como la voz de una madre. Testimonios sólidos de nuestro paso por el mundo.

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El escalón

Hay un escalón en el mundo del arte que muy pocos consiguen superar. Antes separaba al artista del artesano, o, si se prefiere, al genio del mediocre. Ahora, en cambio, aleja al artista del artista ventajista. El escalón es casi insalvable desde que las vanguardias cuadraron el círculo imponiendo la norma de la ruptura de las normas y la objetividad de la subjetividad como condición de todo. Hoy la subjetividad en el arte ha terminado haciendo del oportunismo una clave ineludible para que el artista sea reconocido públicamente. 

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El pueblo es como un niño

El pueblo es como un niño. Como a un niño se le habla y como a un niño se le trata. Como un niño al que le gusta que le cuenten las mismas historias porque son las únicas que puede comprender. Historias sencillas de mundos divididos en dos donde solo existen las cruzadas ideológicas. Mundos planos en los que él es el protagonista de su propio mito, el héroe de la libertad que disfruta y de la democracia que ha ganado merecidamente. 

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Ritos de paso

Hace 150.000 años asumimos que nuestra existencia era un camino, y que vivir consistía en superar los obstáculos que nos salían al encuentro. El nomadismo creó la imagen de un mundo cambiante por el que vagabundeábamos movidos por la caza y el ciclo de las estaciones. Como no teníamos hogar, éramos incapaces de concebir que el camino pudiera acabarse alguna vez. ¿Hablarían de rutas los primeros mitos que inventamos? ¿Serían viajeros los misteriosos dioses de la Prehistoria? 

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