El pueblo es como un niño. Como a un niño se le habla y como a un niño se le trata. Como un niño al que le gusta que le cuenten las mismas historias porque son las únicas que puede comprender. Historias sencillas de mundos divididos en dos donde solo existen las cruzadas ideológicas. Mundos planos en los que él es el protagonista de su propio mito, el héroe de la libertad que disfruta y de la democracia que ha ganado merecidamente. 

El pueblo es como un niño porque ignora que los niños nunca son protagonistas de nada. Ignora que, si a los niños les permitieran serlo, lo pondrían todo manga por hombro, y que su consabida falta de límites los llevaría a decir la verdad. Los políticos lo saben, aunque también saben que sería muchísimo peor tener que vérselas con adultos hechos y derechos. Por ese motivo, fingen ser sus representantes cuando en realidad son sus celadores. Y, mientras intentan que no se desmadre demasiado, dedican sus esfuerzos a que el pueblo jamás desee hacerse mayor.

Si yo fuera un político, me desviviría por que la opinión del pueblo fuera tan maleable como la de un niño. Procuraría que toda ella, desde el primer al último pensamiento, dependiese de mis ingeniosos tuits, de mis discursos más virales, de mis celebradas victorias en la guerra cultural que sume al planeta. Si yo fuera un político, reuniría las ideas en paquetes indivisibles y trataría de que todo en este mundo tuviese su obligada clave ideológica. Contrataría a personas influyentes en medios y en redes que repitieran al pueblo insistentemente que puede estar tranquilo, que se encuentra en el lado correcto de la sociedad, pero que, ¡cuidado!, el vecino, el hermano, el compañero de trabajo son los enemigos que conspiran para destruir aquello en lo que cree. 

Si yo fuera un político, intentaría que la mitad del pueblo, siempre tan niño, dejara de entender a la otra mitad. Me las apañaría para que las discusiones por mi culpa echaran a perder las comidas familiares o las amistades de toda la vida.  Si yo fuera un político, haría lo imposible por que los niños terminaran odiándose entre sí y no tuviesen más remedio que acudir a mí para ser guiados en la dura tarea de ser moralmente superiores.

Es decir, si yo fuera un político, querría seguir siendo un político a cualquier precio.

Imagen: Brecha. Juan Genovés.

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