Hace 150.000 años asumimos que nuestra existencia era un camino, y que vivir consistía en superar los obstáculos que nos salían al encuentro. El nomadismo creó la imagen de un mundo cambiante por el que vagabundeábamos movidos por la caza y el ciclo de las estaciones. Como no teníamos hogar, éramos incapaces de concebir que el camino pudiera acabarse alguna vez. ¿Hablarían de rutas los primeros mitos que inventamos? ¿Serían viajeros los misteriosos dioses de la Prehistoria? 

En esa época, nuestro cuerpo y nuestro cerebro estaban en forma, uno por el ejercicio físico constante, el otro porque se vio obligado, en las largas caminatas, a saberlo y a comprenderlo todo. Quizá los conocimientos no fueran abundantes, pero éramos más autosuficientes que cualquier humano moderno. La oralidad, único soporte que la aventura permitía, nos convirtió en personas memoriosas, pero también en improvisadores, en versionadores de la sabiduría que se transmitía a través del canto y de las narraciones que recordaban hechos fabulosos del pasado.

Ni siquiera la agricultura, que nos ató a la tierra, ni la escritura, que nos convirtió en esclavos de los libros, acabaron con el camino. De hecho, a pesar de que terminó siendo un tópico literario, su imagen siguió alimentando los mitos de todas las culturas. Así se forjó el arquetipo del viaje del héroe, modelo básico que, según Joseph Campbell, se ocultaría en la mayoría de los relatos. Fue entonces cuando empezaron a proliferar los personajes que abandonaban su mundo cotidiano, se adentraban en territorios de leyenda, se enfrentaban con éxito a innumerables peligros y regresaban con el poder de conceder favores a sus semejantes. Héroes ejemplares cuyos viajes habrían estado emulándose en las ceremonias que representaban el tránsito entre las etapas de la vida.

Lo que hoy queda de todo aquello sobrevive aún en la ficción. Sin embargo, resulta prácticamente imposible que los sapiens contemporáneos entendamos la importancia que el camino tuvo antaño en la imaginación humana. Nuestra vida está tan normalizada que nos sentimos cada vez más ajenos a los profundos significados que el paradigma generó durante milenios. En los países postindustriales, la rutina de una vida asentada en la seguridad y en la longevidad ha provocado que terminen desapareciendo los ritos de paso que ponían a prueba a los que se disponían a dejar atrás la niñez. Tal vez eso explique por qué nos cuesta tanto entrar en la edad adulta últimamente.

Imagen de Fernando Muñoz Ubiña.

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