A medida que pasan los años, una misteriosa fuerza centrífuga me va alejando de las cosas. Tanto que ahora no concibo ver el mundo si no es a unos cuantos metros de distancia. Estar lejos es mejor que estar cerca. De hecho, tienes un problema si, a cierta edad, no llegas a esa conclusión. Lejos y cerca son, además de dos posiciones en el espacio, dos maneras de vivir en tu propio tiempo. El propincuo es un niño eterno, alguien apegado al equívoco del detalle, que es lo que suele ofrecer la cercanía. Con la distancia, en cambio, salimos de la infancia y hacemos que la mirada acceda a la versión completa del paisaje.

En la distancia uno encuentra más libertad que en la cercanía. Estar lejos implica estar solo, y la soledad exige que seas responsable de tus actos. Mis mejores maestros fueron personas distantes. Conocían perfectamente dónde debían situarse para que sus alumnos no tuvieran más remedio que actuar por su cuenta. Un profesor cercano (igual que un padre sobreprotector) nunca evita los límites que impone su propia tutela; es más, al final impide que sus discípulos vuelen solos.

Aun así, son malos tiempos para la distancia. Quien quiera estar bien considerado entre sus contemporáneos debe mostrarse cercano. El siglo XXI es el siglo de la cercanía. De los lazos que nos hacen más fuertes. De los hombros sobre los que lloramos. De los abrazos que nos reconfortan. Pero sucede algo curioso. Cuanto más cerca nos mostramos, cuanta más implicación emocional se nos reclama con todos y con todo, más nos cuesta hacernos una idea de nosotros mismos. Lo cual explica esa histérica obsesión por las identidades que se ha apoderado de la gente.

La anécdota que cuenta Petrarca en sus Epistolae familiares sigue dándonos la clave. El poeta acaba de coronar el Mont Ventoux. En un acto inconsciente, con el horizonte a sus pies, abre al azar las Confesiones de San Agustín y lee: «Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los muchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas, y olvidaron mirarse a sí mismos». Es entonces cuando, impelido por la feliz coincidencia, vuelve «los ojos interiores» («in me ipsum interiores oculos reflexi») y consigue comprender que solo la distancia permite la cercanía de uno mismo.

Imagen: Otherworld. Andrew Wyeth.

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