España es el nombre del país donde nací. No recuerdo si mis padres me lo dijeron de pequeño o si lo descubrí por mi cuenta. Supongo que llegué a España con naturalidad, como hacen todos los españoles, en una página de mis libros de texto o en una línea leída con esfuerzo que no entendí al principio. Luego imagino que fui consciente de que España iba unida al idioma que hablaba, a la silueta de una península en un mapamundi, al paisaje que veía desde aquel Dos Caballos de los primeros viajes con mi familia.

Con el tiempo, España se llenó de otras ideas que fueron enriqueciéndola y complicándola. Cuando viví en el extranjero, experimenté cierta sensación de comunidad en la colonia de españoles con la que me relacionaba. Fue precisamente entonces cuando observé que se podía añorar el lugar de origen. A veces, oía a mis padres hablar con nostalgia de nuestra tierra y, aunque por mi edad no percibiera lo mismo, ahora creo que, de alguna extraña manera, empezaba a comprenderlos.

Recuerdo también las clases de instituto que por primera vez me pusieron en contacto con su pasado, y cómo algunos profesores, ideologizados hasta la médula, casi lograron que lo despreciara. Unos, epígonos tardíos del 98, quisieron convencerme de que España era una anomalía histórica; otros, pretendidamente posmodernos, intentaron demostrarme que jamás había existido. Solo superé aquella disonancia cognitiva en los libros que no la trataban como un problema, sino como una nación más cuya historia particular, a partir de un determinado momento, se había convertido en historia universal.

Hay dos cosas en la vida que no podemos elegir: la familia y el sitio donde nacemos. Ambos arraigos son el producto de una elección previa que nunca nos compete. En España, sin embargo, es distinto. Que muchos españoles rechazasen los símbolos del patriotismo nacional (aunque justificaran los del nacionalismo regional) provocó que no me conformase con el pequeño trozo de país que habían dejado los tabúes partidistas al llegar la democracia, y me empujó a buscar el resto que faltaba deliberadamente. Y así, necesitado de una referencia política que, en vez de polarizar, uniera a la gente, fui tras España durante años, y, cuando la encontré, pude despojarme al fin de todos los prejuicios adquiridos. 

Por eso, a diferencia de las personas de mi generación, ahora digo sin avergonzarme que no existe un lugar mejor en el mundo.

Imagen: Mar (Jávea). Joaquín Sorolla.

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