Telémaco mirando el horizonte

El chaval tenía 16 años, un magnífico expediente en la ESO y, sin embargo, en el primer curso de bachillerato se estaba despeñando. La mayoría de mis compañeros de trabajo manejaba la versión convencional del asunto: el padre hacía lo que estaba en su mano, pero el hijo empezaba a ir con malas compañías. Yo, en cambio, tenía la versión genuina, que había arrancado en confesión una mañana en la que él y yo mantuvimos una larga charla.

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Contra el futuro

Me paso la vida pensando en el futuro. Y no me extraña que sea así. Soy un hijo de esta época, y supongo que resulta inevitable que los hijos de esta época pensemos en el futuro. Que creamos que es nuestro deber ganárnoslo, o que nos justifiquemos aduciendo que esperarlo con inquietud o ilusión pertenece a nuestra naturaleza. Supongo que es razonable que haya crecido enfocando mi vida hacia un horizonte donde, tarde o temprano, habría de dibujarse, tratando de ser pertinaz si no quería tirarlo por la borda. Qué tiene el futuro para que atraiga tantos esfuerzos. Para que encumbre al político que lo blande en sus sofismas. Para que cautive al científico que busca cambiarlo. Cómo puede ser tan poderoso algo que no se ha dado todavía y que, cuando intuimos su cercanía, ya se ha volatilizado.

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Militantes

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, crear tensión social es todo un arte. El enfrentamiento que provoca la guerra es explícito y burdo; el de la tensión, en cambio, es mucho más sutil. Quienes la idean no son ingenieros sociales, sino orfebres de la realidad. Liman y engastan los mensajes para polarizar el ágora convenientemente. El relato que resulta es consabido: luz frente a sombras, buenos contra malvados. Se recompone el universo para que este sea un sitio donde todo está por hacer. Y así se nos sugiere que el progreso es en realidad una ensoñación que oculta un complot que busca nuestra ruina. La izquierda se ha aliado con el globalismo y los poderes financieros. La derecha impulsa una nueva involución que acabará con los derechos conseguidos. Estamos en una hora crucial y tú tienes que elegir bando. Habla. Opina. Discute. Sé un militante.

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Niños de los ochenta

Haber sido niño en los ochenta es una de esas escasas anomalías generacionales que se dan en la historia. Los de aquella época vivieron en un interludio donde un universo empezaba a derrumbarse y otro aún no se había conectado a la red. Fue un raro instante de transición que, como todos los de su naturaleza, les permitió, por una parte, mantener el contacto con una manera de crecer que apenas había variado en más de un siglo, y, por otra, ser como los sabios del poema de Kavafis, que, de los hechos futuros, sólo «captan / los que se aproximan». Los niños de los ochenta conocieron la autoridad familiar aunque las normas ya se habían relajado, evitaron el yugo de la imagen a pesar de que había presagios de su llegada, y tuvieron momentos en los que escaparon de la supervisión de los adultos aun cuando estos habían empezado a hacerlos partícipes de sus inseguridades como padres. 

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Asalto al cielo

Antes del asalto, el cielo pertenecía a un dios bastante extraño. Era el dios de los católicos, llevado por los españoles a todos los rincones del planeta. Allí se mezcló con espíritus telúricos y diosas emplumadas. El número de santos y de vírgenes creció en apenas unas décadas, y, con ellos, los días en que se les veneraba. Hasta el siglo XVIII, en la Monarquía Hispánica había una media de noventa festividades al año. Tres meses de banquetes multitudinarios, de corridas de toros, de fuegos artificiales. Para la universalidad de su mensaje, el catolicismo se hizo sincrético. Y este sincretismo lo transformó en una religión de la conmemoración y de la fiesta. 

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Sobre el miedo

No lo sabíamos todo sobre el miedo. Aunque lo habíamos conocido en situaciones donde éramos capaces de sentirlo, jamás habíamos experimentado el miedo colectivo. El veintiuno es el siglo en el que las sociedades volvieron a tener miedo: al terrorista, a la pobreza, a la enfermedad, a la guerra, al fin del mundo. Pero este miedo nos ha terminado marcando a unos más que a otros. 

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El imperio de los espejos

La contemplación de nosotros mismos es un acontecimiento tardío que sucede en la Venecia renacentista. Hasta ese momento, nos habíamos mirado en la ligera ondulación de las aguas o en los metales pulidos que reflejaban una figura emborronada y ambigua. Los cristales azogados de los maestros venecianos nos devuelven por primera vez en la historia una imagen nítida de quienes somos. De pronto, el yo, que nunca ha superado los límites de lo psicológico, empieza a desbordarse en el cristal y sale al mundo para subjetivar todo cuanto toca. Desde entonces, la idea de que las cosas no existen si no estamos allí para percibirlas irá calando en la modernidad recién inaugurada.

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El relato

Hay algo en la narración que subyuga la mente de quien la escucha, un poder que hace que el mensaje llegue al receptor abarcando al mismo tiempo la razón y las emociones. Las buenas historias nos atrapan al instante, así que el arte de contarlas siempre ha tenido como objetivo influir en nuestra voluntad. Lo saben los chamanes neolíticos, los evangelizadores de toda laya y los amados líderes que protagonizan las grandes revoluciones. Los ingleses llaman hoy a esto «storytelling», y nosotros, siempre a rebufo del imperio anglosajón a pesar de que poseemos un idioma mucho más rico, lo hemos traducido, ay, como «relato».

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Persona y personaje

«He llegado al límite de la contradicción entre persona y personaje»

Íñigo Errejón

El distingo es tan semántico como metafísico. En su origen, «persona» (del latín «persona», y esta del griego «prósopon») es la máscara teatral que oculta al personaje. La máscara de Edipo, a través de la abertura de la boca, amplifica el sonido y hace que sus palabras lleguen hasta las últimas gradas del teatro. El espectador griego nunca verá a Edipo, sino la imagen de su máscara. Todos los Edipos de todos los teatros de la Hélade tienen los mismos rasgos y, por tanto, son la misma persona. Sin embargo, el personaje, siempre escondido, son muchos personajes a la vez, tantos como consigue dibujar la imaginación del público. A partir de entonces todo estará al revés durante siglos: la persona será la ficción; el personaje, la realidad que esta ha velado

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La amenaza de la historia

Podemos estar tranquilos. El enfrentamiento social no ha llegado todavía. El verbo despreciativo y violento no ha salido del Congreso de los Diputados ni de las redes sociales. No ha ensuciado el vituperio la tienda de barrio. Se mantiene limpia de odio la atmósfera de las ciudades. Los compañeros de trabajo no se insultan ni los matrimonios se querellan. El ruido y la propaganda de los medios de comunicación no han acabado con la silenciosa rutina de la gente. El mundo de allá no ha contaminado la vida de acá. Por ahora seguimos a salvo. La historia no ha invadido nuestra intrahistoria. 

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