Este año cumplo dos décadas dedicado a la enseñanza y creo que nunca me he sentido tan alejado de ella como ahora. Es una sensación que ha ido creciendo en mi interior a lo largo del último lustro y que ha terminado de fraguarse en estos tiempos de pandemia. Cada vez veo a mis alumnos menos adolescentes y más niños. Si fuera maestro de primaria, estaría acostumbrado a verlos así, pero puesto que pertenezco al cuerpo de profesores de enseñanza secundaria, no estoy preparado para entenderlos. Puedo lidiar con el caos hormonal de la primera juventud, pero no con los últimos estertores de la infancia.

Con un niño, el registro de la lengua que debo utilizar es muy distinto, y me cuesta un mundo adaptarme a él. En el mejor de los casos, enseguida se me escapa una broma, una ironía que nadie entiende; en el peor, cualquier aseveración enunciada con énfasis es considerada una muestra de violencia. Los niños de esta época están acostumbrados a que les hablen como niños, y yo no sé hacerlo. Y, la verdad sea dicha, a estas alturas tampoco tengo muchas ganas de aprender. Confieso que a veces no puedo evitar enfadarme secretamente con ellos por no darse cuenta de lo niños que son, aunque sé que en realidad tienen poca culpa de vivir en una época que los ha ido modelando blandos e indolentes.

Supongo que existen varios factores que explican por qué la infancia parece durar hoy más tiempo que antes, o al menos, que ayudan a entender un fenómeno relacionado que es más importante si cabe, el de la postergación de las edades, que amenaza a otras etapas de la vida. Yo, debido a mi experiencia, mencionaré solo uno: hay profesores que no tienen ningún reparo en tratar a sus alumnos como si fueran niños eternos, y estos, claro está, acaban acostumbrándose a ser tratados así. Auspiciados por la ley educativa, por la pedagogía que la sustenta y, sobre todo, por una asombrosa capacidad para encajar sin inmutarse el bofetón que la realidad no pedagógica les propina, cada vez más compañeros de profesión se empeñan en ver a los chavales como seres vulnerables y llenos de problemas, y están convencidos de que la labor asistencial es en el fondo mucho más importante que la mera transmisión de conocimientos.

Y yo, cada día que pasa, tengo más ganas de jubilarme.

2 comentarios en “Niños

  1. Haga como yo, David. Váyase a un centro de adultos, aunque gaste más carburante. Lo va a notar. Verá la enseñanza desde otra perspectiva. Estuve ocho años en un CEPA y luego me jubilé. Ahora estudio filosofía.

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