Los que hemos nacido y crecido antes de la nube no estamos bien últimamente. Y no creo que se trate de una proyección en los otros de lo que me ocurre solo a mí. Hay un desconcierto compartido, lo noto cada vez más. Sé que la mayoría intuimos que algo se nos está yendo, algo que es más profundo y arraigado que los hábitos cambiantes y las concepciones efímeras de una época. A veces queremos normalizar esa intuición y la atribuimos a la consabida constante que siempre ha hecho que las generaciones se miren con recelo. Pero no, es mucho más que eso. Es un observar alrededor, un preguntarse qué coño está pasando aquí. Es un no entender cada vez más acuciante que amenaza con hacer que terminemos no entendiendo absolutamente nada.

Estoy seguro de que nuestros padres no sintieron algo así; nos miraron con extrañeza e incluso se dieron por vencidos ante algunas de nuestras actitudes un tanto incomprensibles, sin embargo, nunca se vieron a sí mismos ante el abismo de una estupefacción generacional como esta. Quienes pertenecemos al universo de antes de la nube, siempre hemos mantenido ese vínculo entre generaciones que ofrecía el mundo de lo físico. Los objetos podían cambiar y mejorar con el tiempo, aunque siempre representaban algo que todos reconocíamos. Nuestros padres se asombraron con lo bien que sonaba el CD, por supuesto, al igual que los suyos sintieron lo mismo con el vinilo, pero ninguno dejó de comprender que, independientemente de la tecnología utilizada, aquellos artefactos no eran más que objetos susceptibles de ser tratados como tales.

Con la llegada de la nube todo cambió. Poco a poco las cosas empezaron a durar menos y fueron desapareciendo silenciosamente. Un ejemplo: ya no recuerdo cuándo fue la última vez que compré una película o un disco; las plataformas de streaming han hecho que guarde en cajas los que conservo todavía. Y sin embargo, antes de la nube, la gente habría montado estanterías para almacenarlos, y, en los casos de coleccionismo desaforado (como es el que aún sufro yo con los libros), habría tenido que hacer reformas para que cupieran en casa. Antes de la nube, todos habríamos adaptado nuestras vidas a las cosas, conscientes de que estas eran las huellas que dejábamos en el mundo.

Quizá sea en esta “descosificación”, en este borrado de nosotros mismos donde se encuentre la raíz de nuestro desconcierto.

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