Enfriamiento. Implosión. Expansión eterna. Según algunos físicos, una de estas posibilidades será el final del universo. Y después, no habrá un después. Por eso, el sueño de la inmortalidad no existe; existe el sueño de la hiperlongevidad. Ambos se confunden porque ni siquiera la fantasía puede concebir el final de todo. Deseamos prolongar la vida, no ser eternos. Ulises elige envejecer en Ítaca y rechaza la inmortalidad que le ofrece Calipso. Aunque la cuestión se vuelve sobrecogedora si nos preguntamos: ¿qué hace que una inmortal pueda enamorarse de un hombre de carne y hueso?, ¿su caducidad tal vez?, ¿acaso los dioses nos han hecho perecederos porque envidian que podamos morir?

Está visto que, si los dioses no quieren ser eternos, nosotros tampoco. Pero sí consideramos que nuestra vida es demasiado breve y daríamos lo que fuera por prolongarla. Los transhumanistas aseguran que ya han nacido las personas que vivirán mil años. Para ellos, la muerte es una anomalía, y están convencidos de que la ciencia y la técnica se aliarán (una vez más) para cumplir con el objetivo prometeico de convertirnos en semidioses. A mucha gente le encanta esta idea, y la prueba es que el transhumanismo no cesa de ganar adeptos, sobre todo entre los grandes magnates del silicio, que son los principales mecenas de las investigaciones que buscan lo que ellos llaman un nuevo salto en la evolución humana. 

Sin embargo, a mí esta hiperlongevidad no me seduce en absoluto, y no por los problemas que causaría un planeta lleno de milenarios, sino por algo más personal y estético (nulla ethica sine aesthetica, que diría el profesor Valverde): vivir mil años gracias a cócteles de medicamentos de última generación, a implantes biónicos o a transferencias de nuestra conciencia personal a la nube me parece que no tiene ningún mérito.

El verdadero mérito está en alcanzar la otra hiperlongevidad, la que hace siglos fue el valor social más alto y ya hemos olvidado por completo, aquella que tan solo consiguen quienes son capaces de vivir mil años, no en el mundo, sino en la memoria de la humanidad. El concepto no es nuevo; lo encontramos en las Coplas de Jorge Manrique («partid con buena esperanza, / que esta otra vida tercera, / ganaréis») y, en general, en todos nuestros clásicos.

Vivir heroicamente, hacer algo digno de ser admirado para quedarse en la historia hasta que llegue el gran silencio del universo.

(Imagen: la luz más antigua del universo, captada por el Telescopio de Cosmogonía de Atacama)

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