Siempre me ha parecido que la historia de Francia está sobrevalorada. A poco que uno atienda a los hechos más relevantes de sus últimos cuatro siglos, observará que su aportación al mundo no ha sido tan determinante como la mayoría de los historiadores se ha empeñado en señalar. Y más si se tiene en cuenta que casi todo lo que ha emprendido ha fracasado estrepitosamente. En realidad, su supuesta grandeur dura lo que dura Luis XIV en el trono, y aun así, su tentativa de imperio americano sale terriblemente mal.

Parafraseando a Escohotado, Francia ha viajado en primera clase con un billete de segunda. Y es que los franceses son expertos en venderse a sí mismos. Prueba de ello es, por ejemplo, que hayan conseguido que su revolución sea considerada el comienzo de una nueva era, cuando en realidad supuso uno de los fiascos más grandes de la historia reciente. Que la primera democracia moderna la fundaran los americanos y que lo único que saliese de la guillotina fueran las guerras napoleónicas que asolaron Europa (España, sobre todo) y una nueva manera de concebir la dictadura, son asuntos baladíes: los inventores del absolutismo nos han convencido de que fueron ellos los únicos que acabaron con él y trajeron la luz al universo. Y nosotros, como bobos, seguimos comprando el producto y ofreciéndoselo tal cual a cada nueva generación de estudiantes.

Porque lo cierto es que la tramposa Francia ha aportado más sombras que luces al mundo que conocemos. Su desmedida ambición, conjugada con la de Inglaterra y Alemania (otros dos tahúres impenitentes), ha llenado de sangre los campos europeos en el último siglo. Por si fuera poco, fue ella la creadora de uno de los colonialismos más salvajes que se recuerdan, vigente todavía en la llamada Françafrique (y, si no, que se lo pregunten a los tutsis de Ruanda). Y, en la parte que nos toca, llevan varias décadas cuidando de que dependamos de ellos hasta para mantener en pie, y medianamente estable, nuestro régimen político (santuario etarra, energía atómica y quién sabe si el 11-M).

En definitiva, si Francia ha sido durante la mayor parte de su historia un fake, nada nos debe hacer pensar ahora que no lo siga siendo. Así que lo más seguro es que la victoria de Macron solo sea uno de los últimos histrionismos que escenifique la V República antes de su disolución definitiva.

Un comentario en “Francia es un fake

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