Primero es el huevo y después la gallina, o, lo que es lo mismo, primero existe el sistema productivo y luego se concibe un sistema educativo que se adapte a él lo mejor posible. De hecho, la educación pública se universalizó durante la Revolución Industrial porque un gran número de trabajos relacionados con la industria, el comercio y los servicios requería la habilidad de leer, escribir y realizar operaciones matemáticas sencillas. La realidad siempre es decepcionantemente prosaica: si los estados han invertido en capital humano y en educación ha sido por las necesidades económicas del momento, no por imperativos morales o filantrópicos.

Que la tecnología experimentara un apogeo entre el último tercio del siglo XIX y el primero del XX se debió en gran medida a la universalización de la enseñanza pública, que fue exigente en los países occidentales mientras los sistemas productivos así lo precisaron. El desarrollo fue tan asombroso y benefició tanto a la sociedad que, a partir de entonces, la mitología del estado del bienestar convirtió progreso y educación pública en una pareja inseparable, como si el primero fuese la consecuencia necesaria de la segunda.

Pero progreso y educación pública han ido de la mano siempre que esta ha servido a aquel. Por eso, ahora que occidente se encuentra en plena transición hacia una nueva economía basada en la robotización y la inteligencia artificial, la enseñanza está cambiando de propósito. Desde hace décadas, el progreso necesita cada vez menos de una clase media ilustrada, lo que ha provocado que los planes de estudio se estén empobreciendo a machamartillo y que los gobiernos de uno y otro signo deleguen en los centros privados la formación de las futuras élites. La demora en la adquisición de conocimientos, la rebaja de contenidos, la menor exigencia para pasar de curso o la infantilización de las universidades de medio mundo convienen a un sistema productivo donde la masa (exceptuando a los técnicos) está llamada a adaptarse a empleos precarios y de baja cualificación, o lo suficientemente especializados para no requerir otros saberes. 

Así que, quien crea todavía que existe una conspiración para transformarnos en zombis ignorantes se engaña completamente. Es todo mucho menos interesante. El auténtico plan se va improvisando sobre la marcha, y se suele adornar, cuando la propaganda política lo exige, con delirantes teorías pedagógicas que lo justifican.

A día de hoy, el mayor enemigo del progreso es el conocimiento.

Imagen: El hombre controlador del universo. Diego Rivera.

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