¿Se imagina usted a Jefferson, a Franklin o a Washington fundando un partido en 1776 que se hubiese llamado, qué se yo, PRIC, Partido Revolucionario por la Independencia de las Colonias? ¿O al Abate Sieyès y a Roberspierre haciendo lo propio en plena monarquía de Luis XVI? ¿Se imagina a Lenin montando un tinglado semejante para participar en la Cuarta Duma de Nicolás II? Es decir: ¿es capaz de imaginarse a estos personajes acatando las reglas del régimen político del momento y tratando de cambiar las cosas «desde dentro»?

Independientemente de las intenciones y de los logros de cada una de las tres revoluciones citadas, sus protagonistas tenían algo muy claro: era imposible cambiar un régimen siguiendo sus normas, pues la misma naturaleza de estas coartaba cualquier cambio. Así que comprendieron que, para acabar con el poder, debían crear nuevas fuentes de poder, no usurpar las que ya existían.

Desde luego, hay casos en la historia en los que un sistema político se pone patas arriba «desde dentro», aunque en la mayoría de las ocasiones el resultado suele ser, o bien una corrupción de lo que había, o un lavado de cara gatopardiano que deja incólume su esencia. Como ejemplo de la primera disyuntiva, se me ocurre la Venezuela que Hugo Chávez cambió «desde dentro» presentándose a las elecciones después de que se malograra su golpe de estado. Para la segunda, sin embargo, quizá no haya que irse tan lejos.

Hace más de una década, aparecieron en España partidos que juraron acabarían con lo que ellos llamaban el «régimen del 78». Modificarían la constitución, la ley electoral, el sistema productivo e incluso las conciencias de los españoles. Pero antes, dijeron, debían ser votados, lo que implicaba que tenían que someterse a las mismas reglas que pretendían cambiar. Por eso, aceptaron con resignación elaborar las denostadas listas cerradas, soportaron estoicamente formar grupos parlamentarios que solo rendían cuentas a sus respectivos jefes, y asumieron (tapándose la nariz, por supuesto) participar en el juego de poner y quitar jueces. No les importaría hacer esos sacrificios, aseguraron, si así conseguían cambiar las cosas «desde dentro». 

Pero aquel soniquete, recuérdese, duró poco. Justo hasta que el régimen, cumpliendo con otra de sus criticadas normas, los regó con las consabidas subvenciones y sinecuras.

Fue entonces cuando se dieron cuenta de que, «desde fuera», las cosas siempre parecían más sencillas de lo que eran en realidad.

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