Desde el año 2002 trabajo en la enseñanza pública, y desde 2006 soy funcionario de carrera. Llevo dos décadas yendo al instituto una media de seis horas al día de lunes a viernes, y estoy dieciséis años sin preocuparme excesivamente por mi futuro laboral. Puesto que tengo la plaza en propiedad, puedo echar raíces cerca de mi trabajo. No siento la inseguridad que dicen sentir amigos que no son funcionarios; mi situación me ofrece la suficiente estabilidad como para que pueda permitirme hacer planes de futuro.

Durante todo este tiempo, además, he disfrutado de dos meses de vacaciones en verano y de la mayoría de las tardes libres, lo cual me ha dejado dedicarme casi en exclusiva a mi vida personal. Si no tengo que preparar alguna clase, puedo leer, hacer deporte o ver a los amigos. Es cierto que el sistema educativo está podrido, e incluso que las condiciones laborales de mi colectivo se han degradado. Pero los profesores todavía disfrutamos de tiempo libre, el clavo ardiendo al que nos aferramos siempre que se anuncia una nueva y desastrosa ley educativa.

Mientras tanto, allá fuera, en el mercado laboral del siglo XXI, cada vez hace más frío. Es verdad que las condiciones en España nunca han sido muy cálidas para el empleado o el autónomo, pero en treinta años, la precariedad se ha adueñado del país: salarios de mierda, temporalidad propia del tercer mundo y carga impositiva inasumible para los que trabajan por cuenta propia. Y encima, el coste de la vida en general, y el precio de la vivienda en particular, no ha parado de crecer, lo que ha provocado que la incertidumbre ante el porvenir sea cada vez mayor y que casi nadie pueda emprender su propio camino antes de cumplir los treinta.

Así que no me preocupa que la gente suelte aquello de que los profesores vivimos muy bien, ya que, visto el panorama, tengo que darle la razón. Ni tampoco que el tópico se convierta en reproche y se señale el evidente agravio comparativo que existe. Lo que me preocupa es que la mayoría repita ese otro tópico que dice que nuestras condiciones laborales son un privilegio intolerable. Porque eso significa que su mente está tan esclavizada que no se da cuenta de que, en realidad, lo intolerable es que el mundo de la empresa privada considere un privilegio lo que debería ser lo normal.

Imagen: Chema Madoz.

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