El de la política es un mundo al revés que depende de las reglas del antidarwinismo. En el microcosmos de los partidos, solo el más tonto, el más inane parece sobrevivir, pues la adaptación se mide por parámetros que nada tienen que ver con la inteligencia, el mérito o las buenas intenciones, sino con las tragaderas.

Se me podrá objetar, y con razón, que esta contumacia en la tontuna y en la inanidad es signo de fortaleza y que, por eso, es el darwinismo precisamente lo que prepondera en el hábitat político. Puede ser. Pero si alguien ha tenido la paciencia de escuchar las simplezas que suele soltar la mayoría de nuestros supuestos representantes sabrá de lo que hablo. Y si seguidamente se pregunta por lo que los ha llevado hasta donde están, al final tendrá que darme la razón. 

El éxito del antidarwinismo en el bioma político reside en que sus especies han sido amamantadas en las ubres de los partidos estatales. Todas ellas son vástagos de la lista cerrada y del sistema electoral proporcional. No figuran allí porque hayan tenido que batirse el cobre en su circunscripción, sino por abrir de par en par el tercer ojo ante el dedazo del líder. Ninguno le duraría medio minuto, por ejemplo, a cualquier congresista norteamericano salido de unas primarias, curtido en un sistema electoral mayoritario uninominal y mantenido con uñas y dientes ante a una circunscripción que lo fiscaliza (tiene mecanismos para hacerlo) con lupa.

Las reglas del antidarwinismo son dos. La primera es que, cuanto más antidarwinista es el ecosistema, más tranquilos viven los individuos que lo componen. Nuestros políticos pueden prometer una cosa un día y la contraria al día siguiente, tratarnos como a niños, llamarnos gilipollas a la cara, y luego echarse a dormir sabiendo que nadie, ni en la calle ni en la prensa, va a tener medios materiales o herramientas legales para mandarlos a la guillotina. 

De ahí se deriva, precisamente, la segunda regla: cuanto más mediocres y egoístas sean las especies que lo habitan, más estabilidad ganará el antidarwinismo, pues este terminará creando una complicidad entre sus miembros (incluyendo a los que acceden a él con la promesa de cambiarlo) que hará que el sistema se perpetúe ad infinitum.  

De hecho, esta regla es la que explica la fortaleza inquebrantable en España de otras selvas antidarwinistas como la universitaria, la literaria o la artística.

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