Hadi Matar no era siquiera una idea en las mentes de sus futuros padres cuando el 14 de febrero de 1989 el ayatolá Jomeini, líder supremo de Irán, lanzó una fetua contra Salman Rushdie por haber publicado un libro «en contra del islam, el Profeta y el Corán», y ofreció una recompensa de tres millones de dólares al musulmán que le trajera su cabeza. El joven de 24 años que ayer, 12 de agosto de 2022, apuñaló al autor de los Versos Satánicos, no vivió la muerte de Mustafá Mahmoud, tres años menor que él, cuando, seis meses después de la fetua, manipulaba una bomba destinada a Rushdie. Tampoco el asesinato a cuchillada limpia de Itoshi Igarashi, traductor al japonés del libro, mientras esperaba un ascensor de la Universidad de Tsukuba en 1991. Ni, por supuesto, el atentado que sufrió, pasados dos años, William Nygaard, el editor noruego que milagrosamente salvó la vida tras ser tiroteado en la puerta de su casa de Oslo.

Hadi Matar es el último eslabón de una cadena que dura más de tres décadas y que ha convertido en una pesadilla la vida de Salman Rushdie y la de los implicados en su libro. Pero el hecho de que, durante los días en que esté coleando la noticia, seguramente todo el mundo condene el ataque no significa que nuestros cerebros occidentales (pese a estar crecidos a la luz de una religión cuyo fundador nos animaba a poner la otra mejilla ante nuestros enemigos) en realidad se escandalicen. Con el tiempo, nos hemos acostumbrado a creer que sentirnos ofendidos basta para invalidar cualquier crítica que nos hagan, y hemos terminado asumiendo la autocensura como un estado natural de la vida en sociedad. Así que es muy posible que haya quien piense que Rushdie se lo ha buscado. De hecho, cuando la fetua de Jomeini estaba aún caliente, muchos políticos e intelectuales, de uno y otro signo, se posicionaron contra el escritor. El diputado tory, Lord Drace, escribió que «no derramaría una sola lágrima si algunos musulmanes británicos (aunque deplorara su forma de proceder) lo abordaran en una calle oscura y le dieran su merecido». Y el progresista John le Carré declaró que nada en la naturaleza justificaba «que las grandes religiones puedan ser insultadas con impunidad».

Hadi Matar es el resultado de sumar, a catorce siglos de intolerancia religiosa, unas cuantas décadas de cobarde corrección política.

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