Nunca hemos sido los españoles grandes propagandistas de nosotros mismos porque nunca hemos dado una solución autóctona a lo que somos. Ni siquiera cuando luchamos contra Napoleón pudimos encontrar un relato propio. De hecho, fueron ellos, los franceses (aventajados epígonos de ingleses y holandeses) quienes nos dieron a conocer al mundo. Ya Masson de Morvilliers nos describía en la Encyclopedie como un pueblo incapaz para «las artes, las ciencias y el comercio». El ascendiente francés provocó que el alma hispánica, huérfana de espejos donde mirarse, asumiera como suyo el sambenito y lo difundiera a los cuatro vientos.

La conclusión es que los españoles no nos queremos a nosotros mismos. Llevamos tanto tiempo alimentándonos de los platos precocinados de otros, que ya resulta imposible que escapemos del convencimiento (compartido con otras naciones meridionales) de que somos los que menos trabajan, los que menos se responsabilizan y los que menos aportan algo de provecho a la humanidad. Así que no es extraño que, al final, a falta de otros recursos para sobrevivir, nos hayamos visto obligados a sacar tajada de la situación convirtiendo esa imagen de indolencia e ignorancia en el 12% de nuestro PIB.

Pero no es el beneficio del turismo el único motivo de que no podamos o no queramos cambiar. También ha contribuido el hecho de que, para colmo, hemos tenido, y seguimos teniendo, a los peores intelectuales del mundo, quienes, en vez de tratar de comprender las complejidades y contradicciones de sus conciudadanos, se han empeñado en transformarlos a imagen y semejanza de su propia ideología. Y como nunca lo han conseguido, han terminado despreciándolos, cargando sobre ellos las culpas de todos los males patrios y provocando que se sientan como la última mierda.

La genética del intelectual español no ofrece dudas. Aún posee rasgos de la traición afrancesada, la tontería krausista y la misantropía de los pensadores del 98, mezclados todos ellos con la inopia política de la gauche divine de los setenta y el posmodernismo de última hora, que aquí consiste en aliarse con un nacionalismo terruñero y cateto que odia todo lo que huela a concordia. 

Lo que resulta de semejante maridaje es un ser pensante profundamente asqueado por haber nacido en lo que considera una anomalía europea. Pero al mismo tiempo alguien que vive obsesionado por su país, tanto que lleva más de un siglo haciendo de él la materia principal de sus ocurrencias.

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