No hay poesía que consiga revelar una lealtad tan profunda hacia lo popular como la española. Ni tan prolongada en el tiempo. Lo constata una forma métrica como el romance, que proviene de la oralidad y hunde sus raíces en los antiguos cantares de gesta medievales, pero que sigue utilizándose sin apenas variaciones hasta el siglo XXI. O esa costumbre tan característica del poeta  renacentista que lo lleva a encontrar inspiración en el cancionero tradicional al mismo tiempo que adapta las novedades métricas y temáticas que llegan de Italia;  procedimiento este que volveremos a ver a principios del siglo XX, cuando los autores del 27 mezclen romance y surrealismo, flamenco y vanguardia.

Esta conjunción única de oralidad y escritura revela, sobre todo, una actitud ante lo literario. Por eso, la mejor manifestación de la poesía española siempre ha sido socrática, interclasista y deliberadamente antiacadémica. Socrática porque demuestra un respeto por lo oral igual o superior al que siente por lo escrito. Interclasista porque en ella se reúnen en igualdad de condiciones lo popular y lo culto. Y antiacadémica porque adapta las reglas a su antojo, sin seguir ninguna de ellas tan ciegamente como acostumbran a hacer otras literaturas europeas.

De hecho, por influencia francesa, la Europa moderna, al contrario que España, casi siempre despreció lo popular, lo cual ha sobrevivido hasta nuestros días intrínseco en un canon que, en buena medida, mantiene aún las esencias academicistas impuestas por la Ilustración. Para la literatura española, sin embargo, la Ilustración fue un desastre. La racionalidad volteriana estuvo a punto de acabar con nuestra lírica. Menos mal que el siglo XIX nos regaló a dos románticos tardíos, Bécquer y Rosalía, que lograron devolver a la tradición oral el prestigio negado por las pelucas.  

Resulta evidente, por tanto, que es en las épocas en las que lo popular y lo culto estrechan sus vínculos, cuando la poesía española alcanza las cotas más altas de belleza y originalidad. Por ese motivo, los siglos XVI y XVII constituyen el Siglo «de Oro», y al primer tercio del siglo XX se le llama la Edad de «Plata». Cabría preguntarse entonces en qué momento nos hallamos ahora, y si acaso continúa nuestra poesía manteniendo esa lealtad a lo popular que siempre la ha distinguido. 

Aunque, en realidad, la pregunta del millón sería a qué podemos llamar popular hoy, cuando la tradición oral suena a dembow y a autotune.

Imagen: miniatura de las Cantigas de Santa María.

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