Si alguien quiere saber a qué dedican las tardes los jóvenes españoles, solo tiene que pasar por un gimnasio. Comprobará que está repleto de chavales de entre 14 y 18 años que buscan desesperadamente la hipertrofia muscular. A veces observo cómo algunos de ellos, que aún no han pegado el estirón, luchan contra la gravedad del universo, pese a que esta sigue siendo una fuerza muchísimo más débil que la que ostenta su propia niñez. Y pienso que, en mi juventud, yo me dedicaba a castigar mi cuerpo, no a cultivarlo. Y lo hacía porque estaban vigentes los valores heredados de décadas anteriores. Yo viví cuando la estética del perdedor daba sus últimos coletazos y todavía se admiraban las vidas fulminantes de quienes habían optado por la autodestrucción. Ahora eso es imposible. Ahora Kurt Cobain sería considerado un fracasado.

Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que no es la vanidad lo único que los lleva hasta allí. Esa sería la explicación fácil. Les influye el mundo en el que viven, por supuesto. Y tampoco son ajenos a su época ni a la tiranía de la imagen que las redes sociales han acabado imponiendo. Es decir, los jóvenes del siglo XXI van al gimnasio para moldear su autoestima; objetivo que solo son capaces de alcanzar normativizando sus pectorales a golpe de press de banca y suplementos energéticos. Pero también creo que, en los últimos tiempos, la moda del gimnasio oculta algo más. Y la prueba reside en el hecho de que es un sexo el que mayoritariamente la sigue.  

La paradoja que esto plantea resulta fascinante. Cuanto más se insiste en la necesidad de acabar con la masculinidad clásica, cuanto más se fomenta la discusión sobre el género y las nuevas identidades, más se llenan los gimnasios de adolescentes varones. El gimnasio es hoy un lugar donde todo vuelve a estar claro para ellos. Un refugio en el que no fingen que entienden el nuevo papel que se les ha asignado. En el gimnasio vociferan, hablan de chicas y sueltan burradas que, en otros sitios, están obligados a callarse. En el gimnasio se ponen a prueba como siempre lo han hecho, se retan absurdamente, compiten unos con otros, se sienten camaradas en la clandestinidad de la testosterona.

Pero, sobre todo, en el gimnasio están a salvo de los discursos que los convierten en sospechosos habituales y en culpables futuros.

Imagen de Fernando Muñoz Ubiña.

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