Modernidad

El gran hallazgo de la civilización hispánica se llama modernidad, aunque, para entenderla como nuestros antepasados la concibieron, hay que despojarse de algunos prejuicios y aceptar que no significa progreso. Al menos en literatura. Es cierto que la literatura se hace moderna cuando la realidad se infiltra en los libros y la frontera entre esta y la ficción se desdibuja. Sin embargo, las obras se llenan de criados, pícaros y locos, más que por agotamiento del idealismo, porque la realidad deja de ser literaria. La Celestina aparece cuando se ha acabado la reconquista y la épica ya ha envainado la espada. No hay en ella hechos valerosos, sino acciones que tienen el único objetivo de la supervivencia. No hay enfermos de amor, sino interés. No hay enseñanza moral: hay vida. Pero todo cuanto nosotros, lectores del futuro, consideramos moderno, para aquellos escritores es un desastre. Por eso, el discurso sobre la libertad de la mujer está puesto en la boca de la puta Areúsa, y el del hombre hecho a sí mismo en la fingida autobiografía de un parásito social.

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Curso 92-93

Quien vea la memoria como un largo y tortuoso camino que llega hasta el presente me entenderá cuando digo que toda vida tiene varias (en realidad pocas) paradas donde adquirimos las partes de algo que, finalmente, será la imagen que tenemos de nosotros mismos. En mi caso, si hay un momento determinante, ese es el curso 92-93, año en que estudié COU y coincidí con los amigos que me hicieron amar la literatura.

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El nuevo sacerdocio

Es difícil que haya una autoridad tan respetada como la que emana del diagnóstico de un psicólogo. Ni tan ubicua. Actualmente, el discurso psicológico está en todas partes: tras una catástrofe natural dando aliento a los afectados, en el corolario de cualquier noticia ofreciendo su acreditado punto de vista, o incluso en la resolución de un intrincado caso policial facilitando un perfil minucioso del delincuente. La razón de este éxito reside en que la psicología trasciende los muros académicos y es asumida por la gente como una coartada científica que puede justificar muchos de sus comportamientos. Los psicólogos no solo otorgan una explicación al caos del universo, sino que ahora, vacías las iglesias, son el único consuelo de las penalidades del alma. En la era de la vulnerabilidad, la psicología es el nuevo sacerdocio.

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Contra la escritura

Si nuestros 300 milenios sobre la faz de la tierra equivaliesen a una vida, los humanos llevaríamos poco más de un año utilizando la escritura. El alfabeto es una novedad tan reciente que aún podemos considerarlo una anomalía. Somos seres orales. A través de los sonidos que producen las palabras cuando se pronuncian y de las ideas que atesoran cuando se descifran, transmitimos en su día la sabiduría de la especie. Como el conocimiento no quedaba fijado en ningún sitio, tuvo la duración de la existencia humana y estuvo en completo movimiento: de boca a oreja, de madre a hija, de maestro a alumno. Cuanto se perdía por el camino era renovado en cada generación mediante un nuevo hallazgo o con una nueva versión de lo que había.

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Un género menor

Los novelistas no saben que la novela es hoy un género menor. Incluso parece que han olvidado que, en más de cuarenta siglos de historia literaria, la novela únicamente ha sido importante en los últimos doscientos años. Tiene su momento de esplendor durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, cuando se convierte en un producto creado a la medida de la burguesía, que, por entonces, goza del suficiente tiempo libre como para leer tochos de novecientas páginas. Es cierto que la novela moderna nace con el Quijote, pero el género no se entiende sin las aportaciones posteriores del realismo y del naturalismo. Al burgués de esas épocas (y de todas) no solo le gusta que le hablen de lo que conoce, sino que lo hagan estimulando su sentimiento de culpa. Y la novela, desde entonces, ha sido el cilicio más adecuado para que las conciencias burguesas se flagelen entre sí.

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Über alles

Alemania es, por encima de todo, lo peor que le ha pasado a Europa en los últimos quinientos años. No solo ha estado presente en la mayoría de matanzas que, desde las guerras de religión iniciadas tras el cisma protestante, han asolado el continente, sino que ha sido la cuna de delirios políticos y filosóficos tan nocivos como el nacionalismo. Alemania, y los diversos nombres que ha adoptado antes de la unificación, ha ido envenenando Europa batalla a batalla, doctrina a doctrina. Está en su naturaleza hacerlo, no por deseos expansionistas en realidad, sino por una pulsión ancestral de muerte, heredera del mito pagano del Ragnarok. Alemania es, junto con Francia, quizá la nación más nihilista del planeta.

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Pro nostalgia

En la Dissertatio Medica de Nostalgica oder Heimweh, publicada en 1688, el médico alsaciano Johannes Hofer inventa un término para definir la tristeza que ha observado en algunos soldados suizos que están lejos de su patria. Aunque en alemán ya tiene un nombre, Heimweh (deseo intenso de estar en casa), Hofer une magistralmente los vocablos griegos nóstos (regreso) y álgos (dolor), y deja para la posteridad la hermosa palabra «nostalgia», «el dolor del regreso», la melancolía que provoca el afán por volver al hogar, que es a la vez espacio y tiempo, tierra originaria y pasado. La nostalgia es un viaje que suele culminar en el interior de uno mismo, porque es a uno mismo a donde siempre se regresa.

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Nacer viejos

En el mundo de los niños eternos, nacer viejo es un estigma que hay que llevar con discreción. Los que hemos nacido viejos sabemos que estamos obligados a nadar contra corriente en un enorme océano de puerilidad y sensiblería. Cuanto más denso y asfixiante es, más revelador se vuelve. Hombres que se comportan como adolescentes compulsivos. Mujeres que creen que pueden detener el paso del tiempo. Cada vez resulta más difícil ver en la calle a representantes de ese lapso intermedio que fue la madurez. Por vestimenta, actitud, gusto o aspiraciones, todos son niños de espíritu o ancianos de cuerpo. En un mundo así, nacer viejo significa no encajar en ningún sitio. 

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PSOE

Si Pedro Sánchez, presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, quisiera que el chino fuese la lengua vehicular de la enseñanza española, el chino, tarde o temprano, sería la lengua vehicular de la enseñanza española. Por el contrario, si a Núñez Feijóo, presidente del Partido Popular, se le ocurriese lo mismo estando en el Gobierno, arderían las calles durante semanas. Esto es así, no porque Sánchez sea más guapo o más poderoso que Feijóo, sino porque Sánchez pertenece al PSOE y Feijóo a su comparsa.

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España

España es el nombre del país donde nací. No recuerdo si mis padres me lo dijeron de pequeño o si lo descubrí por mi cuenta. Supongo que llegué a España con naturalidad, como hacen todos los españoles, en una página de mis libros de texto o en una línea leída con esfuerzo que no entendí al principio. Luego imagino que fui consciente de que España iba unida al idioma que hablaba, a la silueta de una península en un mapamundi, al paisaje que veía desde aquel Dos Caballos de los primeros viajes con mi familia.

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