Algo le pasa al cromosoma Y. No levanta cabeza. Cada vez hay menos machos que destaquen en los estudios. Son ellas, las hembras, las que sacan mejores notas. Yo ya me he acostumbrado a dar clases en segundos de Bachillerato con tan solo dos o tres esforzados representantes del cromosoma. Algo le pasa. Algo nos pasa. Hace tiempo se me ocurrió plantear el problema en un claustro de profesores y hubo unanimidad (y risas) en las explicaciones: las chicas son más listas que los chicos. Supongo que, de haber sido al contrario, el tema habría merecido un análisis distinto.
Seguir leyendoAutor: David López Sandoval
Contra el Romanticismo
Los españoles nunca hemos sido románticos. Los herederos de Trento, escépticos y materialistas, estamos incapacitados para comprender ese culto a lo inexplicable. Ese afán por alcanzar la genialidad sin pasar por el sacrificio. Ese fetichismo autodestructivo. Y, sin embargo, llevamos más de dos siglos fingiendo que todo lo dicho tiene algo que ver con nosotros. Y andamos perdidos por la historia, confundiendo todavía lo que creemos ser con lo que en realidad somos. Ahí reside precisamente la causa de que los mejores escritores de nuestro Romanticismo no sean románticos en realidad. Rosalía y Bécquer están por encima de cualquier ideología literaria. Y el final del Tenorio es lo más antirromántico del mundo.
Seguir leyendoCiudades iluminadas
Hasta el siglo XIX, el hombre vivió solo de día. Anteriormente, rara vez se había atrevido a adentrarse más allá del crepúsculo. La noche era un vasto y misterioso territorio donde acechaban alimañas y enemigos emboscados. Es Frederick Albert Winsor quien acaba con ella al iluminar con gas Pall Mall en 1805. El alumbrado público consigue que el día alcance por fin sus veinticuatro horas de edad y que los miedos atávicos se llenen de colores nunca vistos. A partir de ese momento, lo desconocido abandonará las tinieblas de lo sobrenatural y se apropiará del difuminado impresionista de las farolas eléctricas y las lámparas belle epoque.
Seguir leyendoNacionalismos ecuménicos
Una de las grandes paradojas de los nacionalismos es que su existencia depende de la coartada histórica. Es una paradoja porque semejante necesidad contiene, al mismo tiempo, la semilla de su destrucción y de su fortaleza. Por un lado, los enfrenta a la cruda realidad de la carencia que los amenaza: los nacionalismos tienen mitos en vez de historia. Aunque, por otro, les confiere la osadía suficiente como para convertir el mito en historia. Es eso precisamente lo que ocurre cuando a los Studia Humanitatis del Renacimiento les suceden los estudios filológicos del Romanticismo. Frente a la universalidad de lo clásico, la territorialidad de lo vernáculo. Frente al orbe, el paisaje. Frente al latín, la lengua del pueblo. Vivimos aún inmersos en esa lucha; la muerte de las humanidades es su último capítulo.
Seguir leyendoSer de izquierdas
Muchos de mis amigos de izquierdas no me creen cuando les digo que yo también soy de izquierdas. Piensan que mi defensa de la unidad de España invalida cualquier coincidencia ideológica que podamos tener. De hecho, estoy seguro de que no habría tantas diferencias entre ellos y, por ejemplo, un partidario de la sanidad privada que, sin embargo, apoyara el derecho de autodeterminación de los pueblos. Para mis amigos, resulta sospechoso que yo no tenga alergia a la bandera, no ponga cara de escepticismo cuando se habla de algún hecho de nuestra historia digno de ser recordado y, sobre todo, no justifique que los territorios (como ocurría en la Edad Media y como exigen ahora los partidos nacionalistas) tengan privilegios.
Seguir leyendoModernidad
El gran hallazgo de la civilización hispánica se llama modernidad, aunque, para entenderla como nuestros antepasados la concibieron, hay que despojarse de algunos prejuicios y aceptar que no significa progreso. Al menos en literatura. Es cierto que la literatura se hace moderna cuando la realidad se infiltra en los libros y la frontera entre esta y la ficción se desdibuja. Sin embargo, las obras se llenan de criados, pícaros y locos, más que por agotamiento del idealismo, porque la realidad deja de ser literaria. La Celestina aparece cuando se ha acabado la reconquista y la épica ya ha envainado la espada. No hay en ella hechos valerosos, sino acciones que tienen el único objetivo de la supervivencia. No hay enfermos de amor, sino interés. No hay enseñanza moral: hay vida. Pero todo cuanto nosotros, lectores del futuro, consideramos moderno, para aquellos escritores es un desastre. Por eso, el discurso sobre la libertad de la mujer está puesto en la boca de la puta Areúsa, y el del hombre hecho a sí mismo en la fingida autobiografía de un parásito social.
Seguir leyendoCurso 92-93
Quien vea la memoria como un largo y tortuoso camino que llega hasta el presente me entenderá cuando digo que toda vida tiene varias (en realidad pocas) paradas donde adquirimos las partes de algo que, finalmente, será la imagen que tenemos de nosotros mismos. En mi caso, si hay un momento determinante, ese es el curso 92-93, año en que estudié COU y coincidí con los amigos que me hicieron amar la literatura.
Seguir leyendoEl nuevo sacerdocio
Es difícil que haya una autoridad tan respetada como la que emana del diagnóstico de un psicólogo. Ni tan ubicua. Actualmente, el discurso psicológico está en todas partes: tras una catástrofe natural dando aliento a los afectados, en el corolario de cualquier noticia ofreciendo su acreditado punto de vista, o incluso en la resolución de un intrincado caso policial facilitando un perfil minucioso del delincuente. La razón de este éxito reside en que la psicología trasciende los muros académicos y es asumida por la gente como una coartada científica que puede justificar muchos de sus comportamientos. Los psicólogos no solo otorgan una explicación al caos del universo, sino que ahora, vacías las iglesias, son el único consuelo de las penalidades del alma. En la era de la vulnerabilidad, la psicología es el nuevo sacerdocio.
Seguir leyendoContra la escritura
Si nuestros 300 milenios sobre la faz de la tierra equivaliesen a una vida, los humanos llevaríamos poco más de un año utilizando la escritura. El alfabeto es una novedad tan reciente que aún podemos considerarlo una anomalía. Somos seres orales. A través de los sonidos que producen las palabras cuando se pronuncian y de las ideas que atesoran cuando se descifran, transmitimos en su día la sabiduría de la especie. Como el conocimiento no quedaba fijado en ningún sitio, tuvo la duración de la existencia humana y estuvo en completo movimiento: de boca a oreja, de madre a hija, de maestro a alumno. Cuanto se perdía por el camino era renovado en cada generación mediante un nuevo hallazgo o con una nueva versión de lo que había.
Seguir leyendoUn género menor
Los novelistas no saben que la novela es hoy un género menor. Incluso parece que han olvidado que, en más de cuarenta siglos de historia literaria, la novela únicamente ha sido importante en los últimos doscientos años. Tiene su momento de esplendor durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, cuando se convierte en un producto creado a la medida de la burguesía, que, por entonces, goza del suficiente tiempo libre como para leer tochos de novecientas páginas. Es cierto que la novela moderna nace con el Quijote, pero el género no se entiende sin las aportaciones posteriores del realismo y del naturalismo. Al burgués de esas épocas (y de todas) no solo le gusta que le hablen de lo que conoce, sino que lo hagan estimulando su sentimiento de culpa. Y la novela, desde entonces, ha sido el cilicio más adecuado para que las conciencias burguesas se flagelen entre sí.
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