Emprendedor

Cada época es dueña de su propio lenguaje. Cada lenguaje posee sus propias palabras. El poder tiene en el lenguaje una herramienta decisiva para construir instantes llenos de sentido. El lenguaje del poder no es espontáneo ni tampoco convencional. Es un producto prefabricado. Por eso, en el fondo, el lenguaje del poder siempre ha sido un antilenguaje. Y sin embargo, está presente. Más que eso: es ubicuo, tanto que ya forma parte de nuestras vidas. A veces pienso que ha usurpado el trono de la literatura y utiliza sus mismos recursos. Hoy el político genera realidades como antes lo hiciera el poeta.

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El mayor enemigo del progreso

Primero es el huevo y después la gallina, o, lo que es lo mismo, primero existe el sistema productivo y luego se concibe un sistema educativo que se adapte a él lo mejor posible. De hecho, la educación pública se universalizó durante la Revolución Industrial porque un gran número de trabajos relacionados con la industria, el comercio y los servicios requería la habilidad de leer, escribir y realizar operaciones matemáticas sencillas. La realidad siempre es decepcionantemente prosaica: si los estados han invertido en capital humano y en educación ha sido por las necesidades económicas del momento, no por imperativos morales o filantrópicos.

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Debates

No creo en el carácter de los pueblos ni en la voluntad general; ambas son cualidades de los individuos, no de la masa. Sí estimo, en cambio, que sea posible que a la sociedad se la pueda manipular como si fuese una sola mente, dirigir su comportamiento mediante técnicas de ingeniería conductista que trascienden esas emociones o esos instintos de los que suelen echar mano la publicidad y cualquier tipo de propaganda. Creo también que el control social más eficaz en países que han asumido la mitología de la democracia no es el que apela al bajo vientre (o, al menos, no solo), sino el que recurre a los luminosos territorios de lo intelectual, el que se produce cuando el poder acota los debates públicos, restringe los puntos de vista y los difunde para dar la impresión de que la opinión es múltiple, dinámica y relevante. Creo que cuanta más obcecación hay por el debate, menos libertad real existe. Creo, en definitiva, que los debates son el bromuro de la ciudadanía.

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Personillas

Poco a poco veo más rostros descubiertos en mi trabajo, sobre todo entre los estudiantes (no así entre los profesores, qué curioso), lo cual ha hecho que esta primera semana sin mascarilla obligatoria no haya reconocido a casi nadie. El día antes de la «liberación», se me ocurrió preguntar a mis alumnos si, ahora que podían, vendrían a clase con la cara destapada. La mayoría contestó afirmativamente, pero me sorprendió que los que aún se mostraban reticentes adujeran por unanimidad que seguirían llevándola porque les daba vergüenza quitársela.

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El relato

Hay algo en la narración que subyuga la mente de quien la escucha, un poder que hace que el mensaje llegue al receptor abarcando al mismo tiempo la razón y las emociones. Las buenas historias nos atrapan al instante, así que el arte de contarlas siempre ha tenido como objetivo guiar la opinión de las personas. Lo sabían los chamanes de las tribus neolíticas, los evangelizadores cristianos y los líderes de las grandes revoluciones. Los ingleses llaman hoy a esto «storytelling», y nosotros, siempre a rebufo del imperio a pesar de que poseemos un idioma mucho más rico, lo hemos traducido, ay, como «relato».

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Que le den

Creo que ha llegado la hora de que los profesores de literatura captemos el mensaje que los políticos nos envían con cada nueva ley educativa. En el mundo que estos llevan décadas inventándose, no hay lugar para disciplinas como la nuestra. Su distopía cutre y pueblerina hace tiempo que exige que esté prohibido aquello que no tenga ninguna aplicación social o que evite que el alumno sea empaquetado y servido en el mercado laboral del futuro sin que al menos se plantee por qué el mundo se parece cada vez más a una serie de Netflix. España no puede permitirse que sus camareros, sus putas y sus guías turísticos hayan leído el Quijote, ni tampoco que sus médicos o sus ingenieros sean capaces de experimentar placer estético alguno o sentirse tentados por cierta curiosidad improductiva. 

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La mala suerte

Mala suerte no es que un arcabuzazo te deje inútil de una mano para siempre, ni que pases cinco años de cautiverio en los baños de Hasan el Veneciano. Tampoco que, a tu regreso a España, descubras que el mundo ha seguido girando sin ti y que todo empieza a sonarte irremediablemente a chino, o que, a pesar de ser un héroe de guerra, todo el mundo te ignore y se te impida comenzar de nuevo en el paraíso americano. Ni siquiera que te empeñes en dedicarte al teatro en el siglo en el que Lope es el rey indiscutible de la escena (esto no es mala suerte, por supuesto, sino una temeridad como una casa).

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Save the past!

Yo soy de los que creen que solo existe el pasado, que la única materialización posible de los acontecimientos se realiza cuando estos ya han sucedido, y que tanto el futuro como el presente son construcciones mentales basadas, respectivamente, en la proyección de una memoria episódica, y en el espejismo de un continuo que nos induce a pensar que vivimos en el ahora. No, ni el mañana ni el ahora se dan jamás en nuestra vida, ni se asumen como tales porque son inaprensibles; ambos fluyen en una dirección y solo pueden ser concebidos cuando se represan en el recuerdo. El mañana y el ahora son, en el fondo, puro ayer.

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Tetrálogo de las lenguas de España

1. La lengua es una facultad exclusivamente humana que depende de sus usuarios, que son los que la crean y la hacen cambiar, y también quienes, llegado el momento, dejan de hablarla. Esto significa que, por sí misma, una lengua ni nace ni muere, tampoco recibe agresiones o amenazas, no es depositaria del espíritu de ningún pueblo y mucho menos posee derecho a algo. Es una simple herramienta y no un ente con capacidad de raciocinio, así que son los hablantes los únicos que tienen derechos. Si se atribuyen derechos a las lenguas, habría que otorgárselos también a las llaves inglesas o a las bombillas.

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Viejos

Los viejos siempre han sido un incordio. Si no fuera por ellos, las largas marchas del clan habrían avanzado con más rapidez a través de los glaciares, y las civilizaciones posteriores, dependientes de su autoridad moral y de una tradición instituida por ellos mismos, no habrían tardado tanto en progresar. Menos mal que a los griegos se les ocurrió decir un día que la auténtica belleza residía en la marmórea dureza de los cuerpos jóvenes, y que después a los cristianos les dio por obsesionarse con el futuro, que es el mayor enemigo de la vejez, porque, a partir de esos instantes, cada época ideó una manera de quitárselos de encima: el Renacimiento, con su culto a la individualidad, los convirtió en locos ridículos que se creían personajes de novela; el Romanticismo, con su amor por la originalidad, los excluyó del arte y de la literatura, y, ya en el siglo XX, las vanguardias, con su fascinación por la novedad, sencillamente los olvidaron por completo.

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