Creo que ha llegado la hora de que los profesores de literatura captemos el mensaje que los políticos nos envían con cada nueva ley educativa. En el mundo que estos llevan décadas inventándose, no hay lugar para disciplinas como la nuestra. Su distopía cutre y pueblerina hace tiempo que exige que esté prohibido aquello que no tenga ninguna aplicación social o que evite que el alumno sea empaquetado y servido en el mercado laboral del futuro sin que al menos se plantee por qué el mundo se parece cada vez más a una serie de Netflix. España no puede permitirse que sus camareros, sus putas y sus guías turísticos hayan leído el Quijote, ni tampoco que sus médicos o sus ingenieros sean capaces de experimentar placer estético alguno o sentirse tentados por cierta curiosidad improductiva. 

Deséchese cualquier anómala pulsión que mueva a reflexionar sobre la vida cruzando las fronteras de lo políticamente correcto. Mándense a tomar viento las esperanzas de que algún chaval entienda la historia literaria como lo que en realidad es: un gigantesco glosario de los comportamientos humanos. Los búnkeres pedagógicos están empeñados en hacernos creer que los estudiantes de ahora son más gilipollas que los de antes, que el mundo de la imagen y de las redes sociales los ha transformado en sombras negadas para la letra impresa. Por eso se han inventado los placebos de la literatura juvenil y las ediciones adaptadas con las que muchos profesores respiran aliviados y algunas editoriales hacen el agosto.

La literatura tiene demasiados enemigos y yo estoy ya muy cansado para defenderla. Al muro infranqueable del escasísimo hábito lector con que me doy de bruces todos los días, a su dependencia de esa otra materia a la que se le suele llamar con el eufemismo de “lengua castellana”, al abandono paulatino del canon literario en las aulas españolas (culminado definitivamente en el nuevo currículum de la ESO), hay que añadir el hecho de que no es una asignatura que se ajuste muy bien al espíritu de los tiempos. Su desnaturalización (similar a la de otras disciplinas que se incluyen en esa bolsa del Mercadona que son las humanidades) la ha convertido en un enfermo terminal que aguarda la llegada de la muerte.

Así que tiro la toalla y digo basta, se acabó, que le den. Bienvenida sea esta enésima ley educativa que por fin pone las cosas en su sitio.

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