Para Ana

Desde que dejamos de viajar a pie, todo ha cambiado entre nosotros y el mundo. Por mucho que los escritores se esfuercen en lo contrario, el camino ya no es una metáfora de la vida, ni la novela un espejo que ponemos en él. ¿Qué importancia tiene el vita iter de los clásicos si ya se puede dar la vuelta al orbe en 67 horas? Nadie vive tan rápido. Ni tan fácil. Se doma la vida a la velocidad del paso, y se aprovecha en el dolor de las piernas, que es también el del alma.

Los grandes andariegos de la historia son, al mismo tiempo, los grandes ‘vividores’. Pero, cuidado, para caminar no basta con andar. Se puede andar y no llegar a ningún sitio, como hacían los antiguos peripatéticos, que daban vueltas al jardín del templo de Apolo Licio (¿existe una imagen más ajustada a la realidad de la filosofía?). O también es posible que andemos sin rumbo, como el flâneur decimonónico de las noches de París, buscando las primeras sombras del nihilismo posmoderno.

El homo viator medieval, encarnado en el peregrino que viaja a Tierra Santa, es el primer y último andariego de la historia. «Partimos cuando nacemos», escribe Jorge Manrique, «andamos mientras vivimos, / y llegamos / al tiempo que fenecemos». Quien lo ha imitado alguna vez, ha sentido en su interior el gozoso milagro que es llegar caminando a alguna parte después de una larga jornada. El peregrinaje nos enseña que todo final de trayecto (y de vida) es consagrado por la acción de caminar, y que, únicamente así, el vivir adquiere una dirección y un propósito. 

Cuanto más cómodo y más rápido se viaja, menos se depende de uno mismo. El caminante rechaza, en la medida de lo posible, los medios de locomoción, independientemente de cómo sea la tracción que los impulse, porque sabe que, en el fondo, son sus grandes enemigos. Ay del jinete que, aunque es capaz de ir campo a través, no puede escalar una montaña. Qué triste el conductor de automóvil que necesita la calzada para avanzar, o el maquinista de ese tren que es el eterno esclavo de la vía. Incluso el mar que abren los barcos y el aire que surcan los aviones han de estar sometidos al rigor de las rutas y los horarios. 

Solo caminar permite «hacer camino». Y «hacer camino» es la única manera de ser libre.

Imagen de Ana Gil Guirado

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