Institutos españoles

Dudo de que haya en España algo tan feo como un instituto de secundaria y bachillerato. Un instituto público, por supuesto, con esa mezcla de racionalismo franquista, neobolchevismo ochentero, ambulatorio de pueblo y tristeza inconsolable. Todo, en su interior, está llamado a despertar el instinto de huida: desde esos azulejos que, en la mayoría de casos, parecen importados del mismo Chernobyl, hasta el mobiliario, que a buen seguro alguien robó alguna vez del comedor de una cárcel. En definitiva, los institutos públicos españoles son una bomba estética de desmotivación masiva.

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El círculo

Lo llamo círculo porque es cerrado, aunque también porque tiene un centro. Su hermetismo significa exclusividad; su núcleo, influencia. Habitan el círculo quienes hacen méritos para entrar en él. Pero el círculo no es meritocrático, sino que se guía por las conexiones de agenda. Para el círculo, el mérito es del que conoce a la gente adecuada. Las relaciones que promueve no son ninguna novedad: yo te hago un favor y tú me lo devuelves algún día. Memoria de quien te ha beneficiado y talento para promocionarte son dos de los requisitos para entrar en el círculo. Sin olvidar, claro está, cierta conciencia de clase, es decir, el convencimiento de que pertenecerás a un grupo exclusivo que tutela a la masa.

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Morir

De todas las experiencias que el ser humano vive, solo morir, la más determinante, se le escapa. Cuanto se ha dicho de la muerte jamás se ha asumido en carne propia. El hecho de que tan solo seamos capaces de «vivir» la muerte significa que las palabras que utilizamos para describirla únicamente se refieren al rastro que deja en los vivos. La muerte, como el infierno sartreano, son los otros. Morir es ver morir a los demás. Morir es, en realidad, una teoría. 

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Anglófilos

Durante ochenta años (desde 1874 hasta 1954), hay un lugar en España que restringe el acceso a los nacionales por el mero hecho de serlo. Se trata del Club Bella Vista de Riotinto, donde solo pueden entrar los ingleses que trabajan para la Rio Tinto Company Limited. Allí construyen también un barrio del mismo nombre, a imagen y semejanza de Kensington o Chelsea, en el que viven como si nunca hubieran salido de la isla y donde nadie que no sea británico puede comprar una casa. Llegar a un lugar, explotarlo comercialmente, no mezclarse con los aborígenes y largarse una vez agotados los recursos ha sido siempre una parte del proceder del Imperio Británico.

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Sin esperanza, sin miedo

España nunca tuvo un Renacimiento o un Barroco, ni siquiera una Baja Edad Media. Todas esas épocas se concretan en un continuo, en una coherencia cultural que empieza en el siglo XIV y llega hasta principios del XVIII, coincidiendo con el cambio de dinastía. Semejante coherencia nos hizo escribir, pintar, investigar y vivir de manera distinta al resto de Europa. Y no por motivos de raza, de lengua o de religión, sino porque fue durante esos cuatro siglos cuando existió un pensamiento genuinamente hispánico.

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Caminar

Para Ana

Desde que dejamos de viajar a pie, todo ha cambiado entre nosotros y el mundo. Por mucho que los escritores se esfuercen en lo contrario, el camino ya no es una metáfora de la vida, ni la novela un espejo que ponemos en él. ¿Qué importancia tiene el vita iter de los clásicos si ya se puede dar la vuelta al orbe en 67 horas? Nadie vive tan rápido. Ni tan fácil. Se doma la vida a la velocidad del paso, y se aprovecha en el dolor de las piernas, que es también el del alma.

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El principal enemigo del idioma

El español es actualmente el segundo idioma del mundo con más hablantes nativos (cerca de 493 millones), el segundo más estudiado con 23 millones de alumnos en todo el mundo, y uno de los que más proyección tienen en el futuro, pues se calcula que unos 700 millones de personas lo hablarán en 2050. Es también la tercera lengua más utilizada en Internet y la segunda más hablada en EE.UU., donde se prevé que, para el año 2060, el 27% de la población será de origen hispano, por lo que no resultaría descabellado suponer que un día pudiera haber un presidente hispanohablante rigiendo el destino de la (por ahora) primera potencia económica y militar del planeta.

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Poesía española

No hay poesía que consiga revelar una lealtad tan profunda hacia lo popular como la española. Ni tan prolongada en el tiempo. Lo constata una forma métrica como el romance, que proviene de la oralidad y hunde sus raíces en los antiguos cantares de gesta medievales, pero que sigue utilizándose sin apenas variaciones hasta el siglo XXI. O esa costumbre tan característica del poeta  renacentista que lo lleva a encontrar inspiración en el cancionero tradicional al mismo tiempo que adapta las novedades métricas y temáticas que llegan de Italia;  procedimiento este que volveremos a ver a principios del siglo XX, cuando los autores del 27 mezclen romance y surrealismo, flamenco y vanguardia.

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Los peores intelectuales

Nunca hemos sido los españoles grandes propagandistas de nosotros mismos porque nunca hemos dado una solución autóctona a lo que somos. Ni siquiera cuando luchamos contra Napoleón pudimos encontrar un relato propio. De hecho, fueron ellos, los franceses (aventajados epígonos de ingleses y holandeses) quienes nos dieron a conocer al mundo. Ya Masson de Morvilliers nos describía en la Encyclopedie como un pueblo incapaz para «las artes, las ciencias y el comercio». El ascendiente francés provocó que el alma hispánica, huérfana de espejos donde mirarse, asumiera como suyo el sambenito y lo difundiera a los cuatro vientos.

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Rushdie

Hadi Matar no era siquiera una idea en las mentes de sus futuros padres cuando el 14 de febrero de 1989 el ayatolá Jomeini, líder supremo de Irán, lanzó una fetua contra Salman Rushdie por haber publicado un libro «en contra del islam, el Profeta y el Corán», y ofreció una recompensa de tres millones de dólares al musulmán que le trajera su cabeza. El joven de 24 años que ayer, 12 de agosto de 2022, apuñaló al autor de los Versos Satánicos, no vivió la muerte de Mustafá Mahmoud, tres años menor que él, cuando, seis meses después de la fetua, manipulaba una bomba destinada a Rushdie. Tampoco el asesinato a cuchillada limpia de Itoshi Igarashi, traductor al japonés del libro, mientras esperaba un ascensor de la Universidad de Tsukuba en 1991. Ni, por supuesto, el atentado que sufrió, pasados dos años, William Nygaard, el editor noruego que milagrosamente salvó la vida tras ser tiroteado en la puerta de su casa de Oslo.

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