Los hombres son hombres incluso cuando son niños todavía. No porque un niño presente atributos físicos masculinos ni tampoco porque en su carácter se adivine al hombre del futuro, sino porque un niño participa de las características que definen a la categoría hombre y posee las facetas que, sin apenas cambios, este presentará a lo largo del tiempo. Por eso, un niño es ya un padre, igual que un hombre que nunca tenga un hijo también lo es. Ser padres no cambia a los hombres, pero no serlo tampoco.
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Cíclopes
Porque tenemos dos ojos, nuestro mundo es horizontal. Ambos recomponen en una sola imagen los elementos que perciben por separado. A esto se le llama estereoscopía, y es algo de lo que, por ejemplo, carecerían los cíclopes. De hecho, su mundo sería vertical, y para disfrutar de una visión semejante a la nuestra, tendrían que estar moviendo la cabeza de un lado a otro. Lo máximo que puede abarcar nuestra mirada es un campo visual de 180 grados; la de un cíclope, en cambio, estaría condenada a no más de 30, es decir, la que permite la discriminación de colores como mucho. Así que, si yo fuera un cíclope, estaría condicionado por mi limitación ocular, y como no podría acceder a la amplitud horizontal del paisaje, no tendría más remedio que vivir reconcentrado en mí mismo.
Seguir leyendoSalir en la foto
En el mundo literario es más útil conocer a las personas adecuadas que escribir un buen libro. Por eso hay escritores que, desde jovencitos, siempre procuran salir en la foto. Salir en la foto es un arte y un trabajo al mismo tiempo, es decir, debes tener desparpajo y don de gentes, pero también picar piedra como un condenado. De hecho, es de esto último de lo que depende que pases del subsuelo local al purgatorio regional, y de ahí, a sentarte en la mesa de los mayores. Así que, si eres uno de esos a los que les puede la hybris y esperan que su obra sea la que tenga la última palabra, este no es tu artículo.
Seguir leyendoTiene que caer
Para llegar al «todo incluido» donde paso los últimos días de mi viaje por el norte de Cuba, hay que atravesar un puesto de control policial. Presentas los pasaportes y los agentes toman tus datos como si estuvieras a punto de entrar en un país distinto. Y de hecho, eso es precisamente lo que ocurre. Porque, mientras al otro lado de la frontera los cubanos sufren cortes diarios de luz, se las ven y se las desean para encontrar los insumos más básicos y viven obsesionados por hacerse con divisas extranjeras que les permitan adquirirlos, aquí la red eléctrica funciona perfectamente, el bufé libre abunda en infinidad de productos que hace tiempo desaparecieron de las cocinas del pueblo y todo lo estatal se paga en dólares yanquis. Bienvenidos a la «Cuba-Meliá», la isla de playas de agua azul turquesa y mojitos en la arena, el decorado teatral que Fidel Castro hizo levantar en los noventa para salir de la ruina en la que había dejado a la revolución la caída del bloque comunista.
Seguir leyendoAntidarwinismo
El de la política es un mundo al revés que depende de las reglas del antidarwinismo. En el microcosmos de los partidos, solo el más tonto, el más inane parece sobrevivir, pues la adaptación se mide por parámetros que nada tienen que ver con la inteligencia, el mérito o las buenas intenciones, sino con las tragaderas.
Seguir leyendoContra el verano
Si vives en el sur de España, es imposible que te guste el verano. Dirás que te gusta porque temes que te consideren un amargado, un cenizo o, lo que es peor, un rancio, pero una persona mayor y con dos dedos de frente no puede amar el látigo del verdugo ni las llamas del infierno.
Seguir leyendoEl sureste
Hay algo peor que haber nacido en España: ser del sureste. Si eres del sureste, ya sabes que estás condenado a que te miren con desconfianza, pero no porque piensen que les vas a hacer algo malo, sino porque sospechen que eres un espejismo. Murcia y Almería (y parte de Albacete también) componen esa dudosa terra incognita que separa Sierra Nevada de la playa del Postiguet. En el sureste no hay parajes que singularicen su geografía ni monumentos que identifiquen sus ciudades; el Mar Menor, como todo el mundo sabe, no existe, y la Alcazaba de Almería o la Catedral de Murcia no son ni la Alhambra ni la Catedral de León. Lo único identificable del sureste es que sus aborígenes abren exageradamente las vocales y votan a partidos de derechas. En resumen, si el sureste es un no-lugar que nadie es capaz de situar en el mapa, tú, suresteño, no eres prácticamente nada.
Seguir leyendoSomos muchos
Somos muchos, quizá demasiados. Levantas una piedra, fisgoneas en un perfil y acabas encontrándote con alguno de nosotros. Estamos por todas partes, e incluso hay quien piensa que no cabemos ni uno más. Por supuesto, no me refiero a los tontos (aunque los haya), sino a la gente que, de la noche a la mañana, se ha puesto a escribir. Porque es un hecho indiscutible que todo el mundo escribe últimamente, y, lo que es más indiscutible todavía, que una gran mayoría tiene su librito publicado. Confieso que, hasta hace poco, mi corporativismo me impedía admitir esta evidencia. Pero al final no he tenido más remedio que caer del caballo. En efecto, somos muchos, demasiados tal vez. El planeta literario está superpoblado y sus recursos son cada vez más pobres. Y esto es así porque cada libro que sale a la venta ocupa el doble de espacio: el suyo y el de un ego hipertrofiado esperando reconocimiento.
Seguir leyendoViva el sur
Por más que lo quieran ocultar, el patrón se repite: el sur es civilización y el norte, barbarie. Mientras allí fornican con sus ovejas y adoran a sus dioses de la muerte, aquí se escribe el Ars amandi y se venera el esplendor del cuerpo humano. En el sur se inventa una religión que nos anima a amar a nuestros enemigos; en Upsala están haciendo sacrificios humanos hasta bien entrado el siglo XI. El sur crea, el norte destruye. De allá son la incursión, el saqueo y la piratería. Indoeuropeos, germanos, vikingos, ingleses: todos provienen de un mismo punto cardinal y todos quieren siempre algo de nosotros.
Seguir leyendoDomesticados
No creo que haya existido en la historia nada tan traumático como el final del Paleolítico. Abandonar de pronto el bosque, ponerse a arar la tierra y a cuidar del ganado, encerrarse entre las cuatro paredes de una choza miserable, depender de una rutina cada vez más penosa, empobrecer una dieta, hasta entonces variada, a base de carbohidratos, o someterse a una nueva jerarquía social fundamentada en la posesión de bienes, es solo una pequeña muestra de las secuelas que dejó en la humanidad. De hecho, todas las historias que se refieren a una edad dorada primigenia conservan, en el fondo, el recuerdo de nuestra vida como nómadas.
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