El chaval tenía 16 años, un magnífico expediente en la ESO y, sin embargo, en el primer curso de bachillerato se estaba despeñando. La mayoría de mis compañeros de trabajo manejaba la versión convencional del asunto: el padre hacía lo que estaba en su mano, pero el hijo empezaba a ir con malas compañías. Yo, en cambio, tenía la versión genuina, que había arrancado en confesión una mañana en la que él y yo mantuvimos una larga charla.

Resulta que el padre, a ojos de cualquiera, era un padre ejemplar. Se esforzaba en hacer la vida mucho más fácil al hijo, se interesaba por sus cosas, veía sus animes, escuchaba su música, hablaba de chicas e incluso había salido de fiesta un par de veces con él para afianzar los lazos y todo eso. Pero ocurría que el muchacho, sencillamente, no aguantaba ser amigo de su padre, y se rebelaba contra esa situación como podía. Esto no me lo dijo como lo estoy contando, por supuesto, pero era lo que cualquiera podría haber sacado en claro de haber estado escuchándolo.

Después de aquello, me he encontrado con casos parecidos. El “padre colega” es un fenómeno que se da en las familias que suelen estar comprometidas con la educación de sus hijos y que, por esa razón, se han tragado las más variadas teorías seudocientíficas que prescriben un acercamiento intergeneracional como solución a los conflictos de casa. Teorías que, en cuanto pasan al siempre descorazonador territorio de la práctica, suelen hacer aguas por todas partes.

Pero, además de un fenómeno, es un síntoma de algo que intuyo más importante y que aún no sé cómo plantear. Me refiero a la evaporación paulatina de la figura del padre, empeñado, por un lado, en allanar el terreno del vástago para que este no lidie jamás con la frustración, y, por otro, en asumir con naturalidad ese peterpanismo que es también un signo de nuestro tiempo. El resultado: hijos huérfanos de una autoridad que los guíe, y afectados con lo que Massimo Recalcati llama el complejo de Telémaco.

Telémaco mira al horizonte esperando el regreso del padre. Está harto de la ausencia y de que en su casa no haya justicia. Escruta el mar porque conoce cuál es el problema y, lo que es más importante, qué solución hay que aplicarle. Pero, sobre todo, porque es una persona mucho más madura que su padre.

Imagen: El monje frente al mar. Caspar David Friedrich.

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